junio 11, 2011

El sustento (cuento), de Claudia Cortalezzi


I

Un roce, una mano en el hombro.

Y Natalia abrió los ojos.

Se descubrió acurrucada, ovillada en un sillón raído y desvencijado. Había un fuerte olor a pucho entre el tufo dulzón del desodorante. Con la ventana cerrada, ni se podía respirar. Se notó las mejillas húmedas: habría llorado dormida.

Miró a la mujer, no la había oído acercarse; llevaba en la mano un paquete de Criollitas a medio terminar.

—Servite —oyó—. En un ratito te traen algo caliente.

Por instinto, Natalia tomó una galletita y se la llevó a la boca.

Masticó. ¿Cuándo había sido la última vez? Tragó penosamente, y se acarició el cuello como siguiendo el recorrido del alimento.

Miró el cielo a través de la ventana de la comisaría: unas nubes negras empezaban a cubrirlo.

Sintió las manos dormidas, se frotó las muñecas cuidando de no tocar las llagas que le habían dejado aquellas ligaduras.

Entonces otra uniformada se sentó frente a ella, sacó una libreta, probó la lapicera en el margen de la hoja y la miró con mucha atención.

II

Yo no dejaba de pensar en mamá, en cómo la angustia y la espera la estarían devorando.

Cuando aparecían casos así en la televisión —de secuestro y esas cosas—, ella directamente cambiaba de canal.

—¿Cuántos eran, Natalia?

—¿Qué?

—Los que te llevaron.

—No pude ver hasta que me dejaron en esa… casa.

—Y, ¿en la casa?

—Además de mí, en aquel agujero inmundo había tres: un hombre y dos mujeres. A una la llamaban Carmen. Carmen era una gorda, granujienta y colorada; entraba y salía a cada rato.

—Carmen.

—El tipo jugaba con unos dados. Y Magalí, la otra, de piel agrietada, costrosa, era una raquítica desdentada que tenía una tremenda panza de embarazo. Ella esperaba y esperaba, echada sobre una colchoneta de gomapluma. Lo único que le vi hacer fue mirar el techo y quejarse de cualquier cosa.

—Recordás algún ruido, algo que nos ayude…

—Yo no tenía idea de adónde me habían llevado. El aire viciado, agrio, me hacía pensar que estaríamos cerca del Riachuelo, o de algún basural.

»Me habían atado las muñecas y los tobillos con unos cables pelados que me lastimaban la piel al más mínimo movimiento. ¿Para qué? Yo no podía hacer otra cosa que no fuera mirar el techo de chapas oxidadas.

»Los días de lluvia, había goteras por todos lados. Y, si había viento, el techo amenazaba con despedazarse encima nuestro.

—La casilla de una villa miseria, podríamos decir, ¿no?

—El interior era un amontonamiento de cosas viejas —siguió Natalia—, rotas, inservibles. Ellos tropezaban a cada paso con esa basura.

—¿Te hablaban? Digo, ¿te decían algo de tu familia? Algo sobre el rescate.

—El tipo me había despegado la cinta de la boca, bajo advertencia de no gritar. Las muñecas me ardían y tenía un dolor de cabeza tan fuerte…

—Te agredieron.

—No, no me golpearon. Tampoco eran amables; más bien, indiferentes. Ni me daban de comer, a veces se me retorcía el estómago. Y, de golpe, la embarazada lanzó un alarido. Gritó, gritó y gritó hasta que el tipo, "el Pancho" lo llamaban, se desgargantó en un “¡Basta!” desde el otro rincón de la pieza —Natalia gimoteó. El llanto se le venía en torrentes—. Yo no podía verla sufrir así, pero era imposible ayudarla, inmóvil como me tenían.

La uniformada dejó el cuaderno y le alcanzó un pañuelo.

—Tome —dijo—. Si quiere, dejamos acá…

Pero ella no la oía.

—Y pensar que —seguía diciendo, como diciéndoselo a ella misma, para asegurarse de que realmente había sucedido—. Y pensar que, el día anterior, cuando la embarazada me acercó unas cucharadas de guiso a la boca, pensé que aun en la miseria las mujeres conservan su instinto maternal.

»Perdón, ¿en qué estábamos?

—Los gritos de la embarazada.

—Parecía que nunca iba a dejar de gritar, pobre. En eso, el tipo se sonó los dedos y distendió los músculos de los brazos; concentrado, parecía prepararse para atender el parto.

»La tal Carmen, que había salido hacía un buen rato, volvió en ese momento. Entró sin golpear, apurada, y fue directamente al lado del tipo a hablarle en voz baja. Yo apenas alcancé a oír algo de un llamado telefónico. Pensé que ella sería la encargada de negociar con mi familia. Pero nada más pude entender.

»El tipo me miró a los ojos, y en el odio de su mirada vi también alegría.

»Fue la primera vez que pensé que mamá podría haber llamado a la policía. Quién sabe cuánto querían estos para liberarme.

»“Falta poco” les dijo el tipo a las dos mujeres. “Nomás dentro de un rato vamos a tener morfi.”

»Me sentí esperanzada: ¡Estaban por cobrar mi rescate!

»Carmen volvió a salir; no tenía el aspecto de quien va a recibir dinero de un momento a otro.

»Pero el tipo había dicho "Falta poco". ¡Se acercaba mi regreso a casa, mi libertad! ¡De nuevo a mi trabajo, a mi vida!

—¿No fue así?

—Al rato, la otra mujer, Carmen, apareció con algo en la mano: un trapo limpio y planchado, del tamaño de un toallón. Entre los dos ayudaron a la parturienta a levantarse y la acomodaron encima.

»Empecé a tiritar, y mis dientes castañeteaban sin que yo pudiera controlarlo. Cerca de mi rincón había una estufa eléctrica en la que calentaban agua. Pensé que cuando hirviera, el vapor serviría de calefacción.

El tipo ayudó a Magalí a quitarse la bombacha y fue a su rincón donde siguió practicando su juego de dados. Carmen miraba de lejos, como si le diera miedo acercarse. Yo veía perfectamente la entrepierna desnuda que pujaba por abrirse. ¡Dios mío!

—Y nació el bebé, entonces.

—“¡Ya me está viniendo!”, dijo la mujer, y gritó de dolor. Sentí que mi cuerpo se tensaba, que mis piernas luchaban con las ataduras. “Dale”, gritó el tipo. “No te hagás la estrecha, como si fuera el primero.”

»De modo que ella había tenido otros hijos, me dije. Pero… ¿dónde se habían metido? Lógico: ese tipo de gente solía tener media docena de hijos. Tal vez los otros chicos se habían muerto de hambre, o los habrían regalado; o peor: vendido.

»El cuerpo magro, tremendamente hinchado a la altura del vientre, se agitaba en temblores. De pronto la mujer comenzó a jadear y se retorció sobre el colchón desplazando el trapo limpio. El tipo corrió hacia ella y la empujó con violencia: “¡Acostate para atrás!”. La pobre cayó desfallecida, agotada después de la contracción. Y enseguida le vino otra contracción, que la obligó a seguir esforzándose.

»A mi se me ocurrió que el tipo ni siquiera se había lavado las manos. “¡Más!”, le gritó él a la mujer. “¡Más! ¡Más!”.

»Carmen se había agazapado a mi lado. No ayudaba, ni siquiera veía lo que estaba pasando. Yo percibía cierta agitación en ella; un sofocamiento contenido, nervioso.

»El agua de la cacerola empezó a hervir. El ruido del hervor se mezcló con las exclamaciones de la mujer: los alaridos que iban transformándose, de a poco, en un quejido entrecortado, insistente. Y el vapor del agua expandió ese gimoteo animal junto con el hedor.

»Otra contracción, otro puje… y afuera por fin la cabeza que se adivina negra y peluda debajo del embadurnamiento de sangre y líquido amniótico. Fascinada, yo no podía dejar de mirar.

—Bueno. Ya pasó, Natalia…

—La voz del Pancho: “¡Che, Carmen, vení! Ya está.” Carmen se levantó y caminó hacia el colchón de los otros dos, mientras el hombre tironeaba de la placenta.

»Ahora le corta el cordón, pensé. Y ahora me desmayo. Pero no. Carmen agarró al chico con cordón y todo.

—No entiendo —dijo la uniformada.

—La madre gritaba desesperada, extremaba sus esfuerzos para impedir que le arranquen al bebé de los brazos. “¡No, no, no!” Pero los otros se llevaron al bebé.

Natalia se acurrucó más en la silla y se dejó abrazar por otra policía. Advirtió que había mucha gente escuchando su relato.

—¿Y después? —oyó.

—No pudo, la madre no pudo retener a su hijito: lloró entre espasmos silenciosos que me hacían doler hasta el alma.

»La otra, Carmen, llevó al bebé a un rincón. En ese momento el tipo jaló de la madre, que se había desvanecido. Le encajó un terrible sopapo y la arrastró hacia la parte oscura de aquella pieza inmunda, donde Carmen limpiaba al chico con su pollera.

»Poco después los tres adultos se abalanzaron sobre el recién nacido. En un momento pensé que se lo comerían a besos. ¡Qué estúpida! ¡Qué ingenua!

»Sólo el llanto, quedó. El llanto y las bestias disputándose el cuerpo.

»Y después ese silencio.


"El sustento", escrito por Claudia Cortalezzi.

6 comentarios:

Patricia Nasello dijo...

Ay, Claudia,qué terrible!
Terriblemente bien escrito, también.

Un abrazo

Claudia Cortalezzi dijo...

¡Muchas gracias, Patricia!

"El sustento" forma parte de una serie de cuentos de terror con embarazadas.
Mejor que nadie los lea todos juntos...

Te mando un beso.

mariarosa dijo...

¡Impresionante Claudia!

Me dejaste sin palabras.
No sospeche el final, muy bien escrito.
mariarosa

Claudia Cortalezzi dijo...

¡Muchas gracias!

Un beso.

oscar dijo...

quede helado. al principio me comia las palabras porque queria llegar rapido al desenlace. y solo una palabra del anteultimo renglon me pego como un cachetazo que no esperaba.Sorprendente.Espeluznante.

Claudia Cortalezzi dijo...

¡Muchas gracias, Oscar!

Un beso.