La otra lluvia (cuento), de Claudia Cortalezzi



Dos pasos más, se dijo Aldana. Estoy llegando a la puerta, a la salida.
Y pensó un instante en lo que abandonaba: la casa del campo. Pensó en Claudio y también en Lola. Cuántas veces se había sentido feliz, realizada: una familia, su familia. Todo. Todo allí, en su nido, su refugio.
Tanteó el herraje con la yema de los dedos: hervía.
Usó el chaleco de polar como agarradera.
La puerta de roble, pesada, labrada a mano —Una exquisita pieza de doble hoja, había dicho el anticuario seis años atrás, cuando Claudio y ella la compraron—, se movería en cuanto tirase del manijón.
La arrastró hacía sí, hasta que pudo sacar una mano. El frío de la noche entró por el resquicio, la golpeó en la cara.
 Aldana tiró con todas sus fuerzas. El parqué dilatado por la humedad del campo fue cediendo, hasta que ella pudo salir de costado, rozando la madera de la otra hoja.
¡A cielo abierto, por fin! El viento le voló el pelo.
Un gesto involuntario: dio media vuelta para cerrar.
En el living, las llamas se expandían más y más voraces.
Debo irme, pensó Aldana. Debo alejarme lo más pronto posible.
Pero esa puerta…
Acarició el labrado, dejando que su dedo acompañase el recorrido de la gubia, imitando el movimiento de la mano del artista. Si pudiera evitar que se quemase… si pudiera evitar que el fuego se la llevase para siempre…
A escasos metros de Aldana, llamaradas espontáneas surgían de la pira y ya paladeaban el cielo raso. Despatarrado en el sofá, Claudio dormía pesadamente las brutas dosis de Rohypnol.
Vino tinto, le decía aquel imbécil a sus amigos yéndola de simpático, levantando el vaso y comprobando el color de la uva. Vino tinto para acompañar carnes rojas, es lo único que tomo.
Aldana lo observó por última vez.
Apartó la mano de la madera. Al fin de cuentas, esa puerta también formaba parte de su pasado. Y el pasado debía ser destruido.
—Perdoname, Claudio —dijo—. Perdoname, mi vida.
Después de una tarde encerrada en la cocina, el vino tinto, que acompañaría un lomo al champignon, había sido su aliado. Vino tinto con las tabletas del somnífero hechas polvo, bien pero bien aplastadas con la hoja de la cuchilla.
Y ahora todo llegaba a su fin. Todo.
Habían compartido con la casa del campo momentos muy felices, la pobre no merecía ver en qué se habían convertido ellos dos.
Un relámpago a lo lejos le recordó a Aldana que habían lanzado un alerta meteorológico.
Esperaba que no se largase a llover hasta pasadas unas horas. Necesitaba que el fuego se alimentara a sus anchas. Necesitaba que no quedase nada de la casa, nada de él.
¡Cuánto lo había amado! En otra época, Claudio también la había querido mucho, de eso estaba segura. El matrimonio perfecto, decían sus amigos.
Recordó aquella tarde en que ella le había insistido con que le enseñase a manejar. Y él no sólo le enseñó: incluso le compró un auto.
Con el tiempo, Aldana se había dado cuenta: si él realmente la amaba, nunca le habría comprado un auto.
Otra vez las imágenes de aquello. Y las náuseas.
Aldana tragó saliva. El gusto amargo se fue disipando.
Ahí, frente a ella, el Volvo de él. Aldana sacó la llave de su bolsillo.
Abrió la puerta y se sentó en el asiento del conductor.
Sintió que una lágrima le cruzaba la mejilla hasta la boca. Imaginó una grieta en el hollín que seguramente le tiznaba la cara. Una lágrima por Claudio.
No, se dijo, no es por él sino por mí. Mejor dicho, por nosotras.
Nosotras.
Nosotras dos.
Lo mejor era no pensar. Si se proponía huir, debía olvidar el pasado, los recuerdos. Los recuerdos, ¿pero cuáles? ¿La fiesta de casamiento? ¿El crucero por el Amazonas? —¡jamás hubiese creído que él aceptaría ir de luna de miel al Amazonas!—. Se sonrió reviviendo aquellos tiempos, ahora tan lejanos. Imaginó que los surcos de esa sonrisa y el canal abierto recientemente por las lágrimas le darían un toque cómico a su cara. Podía girar el espejo retrovisor y mirarse.
¡Qué idea estúpida! Pensar en el espejo retrovisor era lo más imbécil que podía habérsele ocurrido! Tenía que introducir la llave y encender el auto y apretar el embrague y poner primera y acelerar y dejar atrás el infierno.
¿Cuánto hacía que no manejaba? ¿Cuánto, desde que había sucedido aquello?
Cerró los ojos para no ver el accidente —cada vez que se subía a un auto no podía dejar de verlo—. Pero lo que no quería ver estaba adentro de su cabeza, de su alma.
El golpe…
….los tumbos de aquel otro auto…
…y Lola.
Lola.
¡Lola!
Lola apenas había cumplido dos años y no le gustaba ir atada a la sillita. Entonces ella, Aldana, la madre, que no soportaba oírla llorar, la llevaba jugando en el asiento trasero.
el golpe
los tumbos del auto
Lola
Lola dormida en su regazo. Abrazándola.
Y después, Aldana se lo dijo a Claudio. Un millón de veces le dijo que la culpa no había sido de ella: aquella tarde llovía como suele llover en la zona a fines del otoño, y Aldana debía llegar a la casa antes que el camino se hiciera un barrial. Volvía del supermercado, con la compra del mes; preparada para aguantar, sin salir, toda la temporada de lluvias. Y la temporada de lluvias se había adelantado.
Y entonces el golpe. Pero, antes del golpe… Antes, pocos kilómetros antes, ella había girado el dial de la radio hasta encontrar la emisora local. Después de un tema de Los chalchaleros, el locutor había anunciado que el arroyo empezaba a desbordarse.
Faltaban treinta kilómetros, y doce eran de tierra. Estaba segura: no llegaría.
El velocímetro marcaba ciento veinte.
Aldana echó un vistazo en el retrovisor: Lola y sus juguetes, la muñeca nueva conversando con el perrito de peluche.
Aceleró un poco más. En esa parte la ruta se hacía de dos carriles de ida y dos de vuelta separados por el guardrail. Y el pavimento era nuevo: absorbía bien el agua. A ella le gustaba la velocidad. Andaba fuerte donde se podía, y ahí se podía. No había peligro.
Ciento treinta.
El aguacero no mermaba.
El carril rápido, despejado.
Un poco más lejos, por el carril lento, Aldana alcanzó a distinguir un camión. Lo pasaría sin problemas, no necesitaba bajar la marcha.
Ciento setenta.
Pero la lluvia le había impedido ver más allá. Y enseguida lo supo: adelante del camión había un segundo camión, y el primero se había largado a pasarlo.
Ella había reaccionado bien: prácticamente se paró en el pedal del freno, aferrándose al volante con las dos manos.
Y, no sabía por qué, había zigzagueado, se había estrellado contra el guardrail y contra uno de los camiones, o contra los dos. El auto se le convirtió en el carrito de una montaña rusa improvisada en medio de la ruta, con la música insoportable de aquel diluvio.
Aldana vio a su hija yendo de un lado para otro, pasaba al alcance de su mano sin que lograra sujetarla.
No va a parar nunca, había pensado. Y durante los cinco años siguientes, ella no dejaría de ver a su hija en un enloquecido ir y venir, sin poder sujetarla.
Otro tumbo, y vuelta a pisar el suelo con las ruedas.
Y la lluvia lo empeoraba todo. La lluvia y los tumbos del auto, interminables; hasta que la trompa se enterró en el desbordante zanjón de la banquina, sumergiéndose hasta el capot.
Poco o mucho tiempo después —Aldana nunca lo supo—, cuando Lola dormía encima de sus piernas, las habían rescatado.
Y una voz —una insolente voz— había dicho: La nena está muerta. La nena está muerta
La nena está muerta
muerta


Ahora los primeros gotones chocaban contra el parabrisas del Volvo, y Aldana levantó la mirada: la casa del campo era un enorme farol en medio de esta otra tormenta.
Ella ya no tenía una familia. Esa casa nunca volvería a ser el nido que había soñado.
Tanteó debajo del volante y logró insertar la llave. La giró.
Si me apuro, se dijo, salgo del camino de tierra antes que se convierta en una ciénaga.
Puso primera, apretó el acelerador. Un disparo de adrenalina le ardió en el estómago.
Claudio no vendría a recriminarle nada, nunca más. No más gritos. ¡Basta de gritos!
Una vez, la hermana de él le había dicho que eran todas ideas de ella; que Claudio no te grita, loca de mierda, que él entiende lo del accidente y quiere ayudarte.
¡Qué idiota había que ser para creer semejante cosa!
¡Él la odiaba! ¡Él la culpaba! Ella lo sabía, aunque no se lo dijese. Él ya no era el mismo. ¡Él la odiaba tanto!
Ya no importaba, el fuego se encargaría.                                                                        
No más caricias mentirosas en el pelo ni lo vamos a superar gordita ya vas a ver van a venir otros bebés. No más estupideces. ¡Cómo había podido sostener tanta farsa barata!
La lluvia se hacía gruesa, pesada.
No se veía. Las luces altas del Volvo sólo alumbraban el aguacero, blanco, pavorosamente limpio.
Aldana bajó las luces y se dejó guiar por la huella. Salvo en algunos charcos, el camino todavía se notaba bueno.
¡La oscuridad es tan intensa en la noche del Amazonas! La había dicho Claudio a bordo del crucero.
Pero ella iba a bordo de un auto y alcanzaba a ver algo.
Encendió una o dos veces el guiño.
Una tranquera.
Le resultaba familiar…
…¡la tranquera de la casa del campo!
De modo que hacia allí se dirigía: a la casa del campo que Claudio y ella habían comprado poco antes del casamiento. Tenían muchísimos proyectos para esa vieja casona: no bien volviesen de la luna de miel, empezarían con las reformas. Y cuando tuvieran lista una habitación, se mudarían a vivir y encargarían su primer hijo.
No, no debía alejarse. Debía pegar la vuelta. Definitivamente tenía que volver al casco. Claudio estaría esperándola.
Giró el volante hasta ubicarse de nuevo en la huella. Dejando la tranquera a sus espaldas, volvió a poner primera y segunda.
A lo lejos, acercándose, un resplandor amarillo, anaranjado.
El sol de la mañana se cuela en la vegetación, así es el Amazonas. Aldana sonrió: Claudio y ella de luna de miel, y una vida maravillosa aguardándolos.
La trompa del Volvo arrancó la pesada puerta de roble —algunas llamas completaban su hermosura—, y Aldana irrumpió en la casa.
Pensó que Claudio aún seguía vivo. Imposible: era la violencia del fuego lo que sacudía el cadáver envuelto en llamas, sobre lo que quedaba del sillón. Un brazo se tensó violentamente hacia el auto. De golpe el cielo raso de madera empezó a caer en una lluvia de chispas.
Aldana no podía moverse, pero no sentía dolor. El volante se le había incrustado en el pecho.
¿Contra qué había chocado? ¿Contra un camión?
El calor y el humo crecían como algo vivo.
¿Por qué el auto no daba tumbos? ¿Y Lola?
Un ardor insoportable. Y el humo, más espeso, más cargado.
¿Por qué no venían a rescatarlas?
—¡Lola! —llamó en un grito ahogado, arañando el aire hasta detenerse en su propia falda—. ¡Lola! ¡Lola!

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