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Juana Azurduy, flameando al viento





Publicado en "Vidas breves", suplemento Cultura, diario Perfil, el 17 de febrero de 2013.









Ilustrado por Marta Toledo

Hace un par de días, caminando por una ciudad del interior del país, oí aquella canción folklórica, letra de Félix Luna, música de Ariel Ramírez, inmortalizada en la voz de Mercedes Sosa: Juana Azurduy. Y al oírla, inmediatamente evoqué esas estrofas aprendidas en mi niñez y las tarareé bajito y me dije: ¡Cuántos de nosotros hemos unido, una y mil veces, nuestras voces a las palabras que cantan su historia!

Juana Azurduy, me repetí…, y me puse a repasar su vida. La vida de aquella doña Juana que terminó sus días en la provincia de Jujuy, en la pobreza y olvidada, después de tanto combate cuerpo a cuerpo y habiendo alcanzado los 82 años. Sin imaginar que, mucho después, sería ascendida post-mortem a General del Ejército Argentino.

Había nacido mientras se expandía la rebelión del cacique Túpac Amaru. En 1781, en Chuquisaca: una de las ciudades más importantes del Virreinato del Río de La Plata —de la América Española—. Ahí donde, actualmente, una provincia lleva su nombre: Juana Azurduy.

Su familia tenía un buen pasar pero, muertos sus padres, ella quedó a cargo de sus tíos, quienes decidieron que fuera monja en el Convento de Santa Teresa.

Y Juana eligió el amor por sobre la disciplina religiosa. Y se casó con Manuel Ascensio Padilla, a quien acompañó a la Revolución de Chuquisaca. Y fue entonces cuando Juana aprendió, como si fuera un hombre más, a combatir por la libertad. Y marchó a luchar de igual a igual en la guerra contra las tropas realistas. Y los in­dios la llamaron Pachamama, en honor a la Madre Tierra.

Con solo cerrar los ojos, puedo imaginar a esa mujer joven cabalgando a la par de su marido, peleando por la libertad del Alto Perú, convirtiéndose juntos en símbolo de la Revolución Americana; mientras perdían su casa, su tierra y hasta soportaban la muerte de sus hijos. Pero el coraje y la dignidad seguían firmes.

Me parece ver también a aquellas mujeres que, alentadas por su valentía, quisieron imitarla y se sumaron a la gesta emancipadora. Acompañaban a Juana, que ahora combatía embarazada de su quinta hija, a la que dio a luz en plena batalla. Su quinta hija: la única descendencia que sobreviviría.

Y en 1810, incorporada al ejército libertador de Manuel Belgrano, Juana se hacía grande en el ataque, ganándose el reconocimiento de Belgrano, quien le entregaría su propia espada.

Más tarde, por 1816, su marido debió partir hacia el Chaco. Y encomendó a Juana la defensa de la Hacienda de Villar.

Partió Manuel Ascensio Padilla sin saber que los realistas atacarían durante su ausencia. Sin saber que aquella mujer, su mujer, organizaría la defensa y arrebataría ella misma la bandera del regimiento al jefe de las fuerzas enemigas. Sin saber que sería Juana quien dirigiría la ocupación del Cerro de la Plata.

Por esa acción, más los informes favorables de Manuel Belgrano, el gobierno de Buenos Aires le otorgó a Juana Azurduy el rango de Teniente Coronel, con derecho al uso del uniforme y con todos los privilegios del escalafón.

Y ella se trasladó a Salta, a combatir junto a Güemes.                   

Poco después, en noviembre de 1816, los realistas la hirieron en la batalla de Vilma. Su esposo acudió a liberarla, pero fue herido gravemente.

Tras la muerte de su marido, Juana se puso al frente de las fuerzas patriotas. Se dice que cabalgaba por las montañas, precediendo a los hombres que se dejaban conducir por el eco de su chal celeste flameando al viento. Ella, a la cabeza, sujetaba las riendas con un puño; y con el otro, aferrada a fuego, blandía su espada y partía los cuellos del enemigo.

En 1824 Juana regresó junto a su hija. Y llevó una vida tranquila y pobre, hasta su vejez, cuando relataba que su padre le había enseñado a cabalgar a galope lanzado y sin temor. Que con él aprendió a montar y desmontar con agilidad. Que él mostraba orgulloso, a todo el mundo, la fortaleza de su hija.


Escrito por Claudia Cortalezzi

Juan Carlos Altavista, Minguito






Publicado en "Vidas breves", suplemento Cultura, diario Perfil, el 13 de enero de 2013.







Ilustrado por Marta Toledo

Comparado muchas veces con Cantinflas y Chaplin, Juan Carlos Altavista se metió para siempre en el corazón de la gente.

Desde sus inicios en el Teatro Infantil Lavardén, hasta el final de su larga carrera, participó en unas sesenta películas, y compuso decenas de personajes. Pero, sin duda, varias generaciones de argentinos recordamos con ternura a su Minguito Tinguitella, aquel ciruja cartonero ideado por Carlos Chiappe.

Con humor simple y chistes sanos, lenguaje entre lunfardo y chamullo, Minguito se hizo querer mientras hacía reír. Entró en cada casa, vistiendo aquel inconfundible atuendo heredado de su padre, el tornero Juan: sombrero ajado, pantuflas y bufanda a cuadros. Y el infaltable escarbadientes en la comisura de la boca. Minguito era descendiente de italianos, soltero, peronista, hincha fanático de Boca Juniors. Y profesaba un amor sublime a su madre: “la viejita”. Tenía una desvencijada camioneta, a la que llamaba la Santa Milonguita, donde cargaba su recolección de basura de la quema.

El mismo Altavista dijo en un reportaje: "Me puse ropas de él. Su sombrero, el saco, la camisa, el echarpe, un cinto grueso de cuero. Y le agregué zapatillas de paño y palillo en la boca".

Tal fue la simbiosis del personaje con el actor que el monolito a Juan Carlos Altavista, en la Plaza F. F. De Amador —en Olivos, donde pasó sus últimos años—, es un recordatorio de su entrañable Minguito. Porque fue él quién llevó su nombre a la popularidad y lo colmó de aplausos. Aunque también alejó a Juan Carlos Altavista de un reconocimiento como actor dramático.

Minguito se sumó a “Polémica en el bar”, una sección del programa televisivo Operación Ja Ja.  Luego, Polémica en el bar se presentó como programa autónomo. En ese momento, Minguito cambió su vestimenta: un homenaje simbólico de Altavista a su propio padre, a quien no pudo acompañar en el momento de su defunción.

Su participación en aquella mesa redonda —junto a Fidel Pintos, Javier Portales, Vicente La Russa, Mario Sánchez, Adolfo García Grau; y más tarde, Jorge Porcel, Julio de Grazia, Rolo Puente, Gerardo Sofóvich y Mario Sapag— ilustraba al tipo de barrio. O “rioba”, como diría Minguito. Él protagonizaba uno de los sucesos más esperados de la polémica: la infaltable pelea entre el hombre de clase media, García Grau, y el de clase baja.

Muchos de los espectadores lo recordarán por sus “frases célebres”, como ¡Que hacé, tri tri!; Hay que levantarle un manolito…; Sí, señó y Ségual. Otros lo recordarán sacando millones de papelitos de sus bolsillos.

Pero más allá de los libretos, lo sobresaliente en el trabajo actoral de Altavista fue su espontaneidad única. Era un gran observador de la gente común. Copiaba algunos gestos, inventaba otros.

Minguito Tinguitella también era Periodista “Ascrito” a la Biblioteca, y hacía reportajes para La voz del rioba. Lo acompañaba El Preso —Vicente La Russa— como fotógrafo oficial. Lograron memorables encuentros con: Maradona, Mercedes Sosa, Monzón, Sandro, Sergio Denis, Gabriela Sabatini, Lola Torres con toda su familia, entre otros.

Formó una dupla inolvidable con Juan Carlos Calabró: Mingo y Aníbal.

Volviendo a Altavista, poco se sabe de su vida privada. Había nacido en Buenos Aires, el 4 de enero de 1929, sufrió taquicardias durante veinte años y falleció de una afección cardíaca un día del amigo, en 1989. Había terminado de filmar las escenas del bar y se dirigía a la grabación de “La familia” para su programa Vamos Mingo Todavía.

Seguía casado con su primera mujer, Raquel Álvarez, con quien tuvo tres hijos: Maribel, Ana Clara y Juan Gabriel. Juan Carlos había dicho, dos años antes de morir: “Mi mujer, sinceramente, es lo más lindo que me pasó en la vida”.

Igual que su personaje, Altavista supo ganarse el eterno afecto de los argentinos.


Escrito por Claudia Cortalezzi

Juan Manuel Fangio, mito de las pistas






 
Publicado en "Vidas breves", suplemento Cultura, diario Perfil, el 30 de septiembre de 2012.






Levantó su primera copa de campeón, a los 29, en el Gran Premio Internacional del Norte. Ocho años después debutaba en Europa. Firmó su primer contrato profesional con Alfa Romeo a los 39. Y fue Campeón Mundial a los 40.
Apenas siete años más tarde, tras conquistar 5 títulos mundiales en Fórmula 1, con cuatro grandes marcas, se retiró.
Y nació el mito.
Hijo de inmigrantes italianos —padre albañil y madre modista— había nacido en Balcarce, provincia de Buenos Aires, el 24 de Junio de 1911.
Desde muy chico lo fascinaron los motores. Estudiaba y trabajaba: fue aprendiz en una herrería, barría el piso en el taller de Capettini. Cuentan que llegaba temprano, se paraba en la manija de arranque de un Panhard Levassor y lo ponía en marcha; lo volvía a su lugar y limpiaba las huellas.
Pero fue a los trece, cuando entró en el taller mecánico de Miguel Viggiano, un conocido piloto de Balcarce, cuando empezó su aventura. Lavaba piezas, las observaba, aprendía para qué servía cada una. Devoraba cada publicación técnica que llegaba a sus manos. Soñaba con autos de competición.
Y jugaba al fútbol, mientras se perfeccionaba en mecánica. Hasta que Viggiano le preguntó si quería correr una carrera entre General Guido y Coronel Vidal. Él dijo que sí, pero no sabía cómo lo tomaría su familia. Viggiano decidió entonces que fuera como acompañante de Manuel Ayerza, un piloto con más experiencia. El Chevrolet que usaron, con frenos en las cuatro ruedas, los obligó a detenerse para desconectar los frenos delanteros. Llegaron segundos.
Tenía 16, cuando una enfermedad pulmonar —que amenazaba con convertirse en tuberculosis— lo forzó a permanecer en cama durante casi un año. La compañía de su madre lo ayudó a salir adelante. Pero no era tiempo aún de volver a sus amados “fierros”: el Servicio Militar lo esperaba.
De vuelta en casa, con ayuda de amigos y su padre —que le cedió parte de un terreno—, construyó un galpón que más tarde sería su propio taller. Después lo mudaría al Boulevard del Valle.
Ya se respiraban aires de campeón cuando en 1936 su amigo y copiloto Gilberto “Pichón” Bianculli consiguió un Ford A, el taxi de su padre. Partieron, con toda la barra de amigos, hacia el circuito de tierra de Benito Juárez. La competencia venía bárbara y, a dos vueltas del final, cuando iban terceros, fundieron una biela.
Pero llegó el triunfo: en el Turismo Carretera en el Gran Premio Internacional del Norte Buenos Aires-Lima-Buenos Aires, tras 9.445 Km. de recorrido. Fue en 1940, él tenía 29 años y lo acompañaba H. Tieri. Solo 32 de los 92 autos completaron la carrera. A su Chevrolet 1940, lo había ganado en una rifa.
Esa competencia fue el inicio del duelo con Oscar Gálvez en el TC. Chevrolet vs. Ford ó Fangio vs. Gálvez. Esa es otra historia.
Siguieron los podios en Argentina y América del Sur. Debutó en Europa, invitado por Amadeo Gordini para competir con un Simca Gordini en Reims, en 1948.
En 1950, ganó el Gran Premio de Pau con Maserati. Y, una semana después, otro triunfo en el Gran Premio de San Remo, con Alfa Romeo. Firmó contrato con el equipo Alfa Romeo y corrió el Primer Gran Premio de F1, en Silverstone.
Su amor por los autos lo llevó a pilotear Chevrolet, Plymouth, Ford (¿se acuerdan del Ford T “la Negrita”?), Buick 8, Maserati, Alfa Romeo y un Mercedes Benz, "Flecha de Plata".
Obtuvo el título de Fórmula 1 en los años 1951, 1954, 1955, 1956 y 1957.
El Presidente Perón le entregó una medalla "Al caballero del deporte" en el balcón de la Casa Rosada. Recibió el Primer Olimpia de la Argentina. Louis Chirón le entregó el trofeo "Al más grande campeón de todas la épocas”. Se filmaron dos películas con su historia: Fangio, demonio de las pistas, argentina y Fangio, inglesa.
Falleció en 1995, rodeado de afectos.
Es considerado mundialmente como uno de los grandes pilotos de la historia.


Escrito por Claudia Cortalezzi

Lady Di, a 15 años de su muerte

Lady Di, la princesa del pueblo



 




Publicado en "Vidas breves", suplemento Cultura, diario Perfil, el 2 de septiembre de 2012.






Diana Frances Spencer, lady Di, decidió salir del palacio para dedicarse a la asistencia humanitaria. Ayudó a enfermos de sida, drogadictos, ancianos, leprosos y niños con problemas de salud. Poco antes de morir, estuvo en Bosnia junto a la Red de Sobrevivientes de Campos Minados. Su participación contribuyó a la lucha contra el uso de las minas antipersonas, campaña que obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1997. También viajó a África para conocer personalmente la situación de los niños pobres. Y estuvo al lado de personas como Nelson Mandela, Dalai Lama y la Madre Teresa de Calcuta.
Nacida el  1º de julio de 1961 en Park House, Sardingham, Norfolk Inglaterra, Diana había crecido en una familia de la pequeña nobleza junto a sus dos hermanas mayores, Sarah y Jane, y su hermano menor, Carlos. Sus padres, los Vizcondes de Althorp, Frances Ruth Burke Roche y Edward John Spencer, se separaron cuando ella tenía seis años, y los cuatro hijos quedaron bajo la custodia de su padre.
Diana estudió en escuela de King´s Lynn, en Riddlesworth Hall en Norfolk, cursó el secundario en West Heath en Kent y el último año en el Institute Alpine Videmanette en Rougemont, Suiza. Al volver a Inglaterra, se inscribió en la Universidad. Pronto cambió de idea: quería dedicarse a la danza clásica, pero fue rechazada por su estatura superior a la normal. Junto a unas amigas alquiló un departamento en Londres. Pasó por varios empleos hasta que su padre le consiguió un puesto como asistente de maestra jardinera en el aristocrático Young England School en Pimilco.
A fines de 1977 se encontró con Carlos, heredero del trono británico. En febrero de 1981 el portavoz del Palacio de Buckingham anunció el compromiso oficial entre lady Diana Spencer y el príncipe de Gales. Entonces Diana se trasladó a Clarence House, residencia de la reina madre.
La boda, oficiada por el arzobispo de Canterbury, se celebró el 29 de julio de 1981 en la catedral londinense de Sant Paul. Estuvieron presentes los principales miembros de la aristocracia europea y más de ciento setenta jefes de Estado. Un millón de ciudadanos completaron el cortejo. El acontecimiento fue retransmitido por televisión a más de setecientos millones de espectadores.
En 1982, nació su primer hijo, el príncipe Guillermo. Enrique nació dos años después.
Aunque Diana trataba de dedicarse al cuidado de sus hijos, su agenda de compromisos oficiales se le imponía. A partir de 1986, la prensa sensacionalista británica difundió rumores sobre una crisis matrimonial y sobre una relación de Carlos con su vieja amiga Camila Parker Bowles. Tras la separación de Carlos y Diana, se desató una auténtica guerra de acusaciones mutuas entre los defensores de la princesa y la casa real británica.
En uno de sus viajes, lady Di visitó la Argentina. Estuvo en  Gaiman, uno de los pueblos que fundaron los galeses al llegar a la Patagonia. Todavía hoy, sus habitantes depositan un ramo de rosas rojas junto a la foto de la princesa, cada día 31 de agosto.
Porque el 31 de agosto de 1997 lady Di falleció en un accidente automovilístico. Ocurrió en el interior del Túnel de l’Alma, en la margen norte del Sena, en París, Francia. Murieron también su compañero Dodi Al-Fayed y el conductor del auto.
Las muestras de afecto y dolor del pueblo británico obligaron a la Familia Real a brindarle a Diana un funeral de Estado. Representantes de la nobleza, la política y el mundo humanitario la despidieron en la Abadía de Westminster. Tony Blair la calificó públicamente como la Princesa del Pueblo.
Sus restos fueron trasladados a The Oval, una isla artificial que ideó su hermano lord Charles Spencer para su descanso final.

Escrito por Claudia Cortalezzi

Pierre de Coubertin, el barón olímpico










 Ilustrado por Marta Toledo

Los Juegos Olímpicos nacieron en el año 776 a.C. en Olimpia, Grecia, como festivales dedicados a Zeus; que servían para unir la religión a las pruebas deportivas, y la música y certámenes literarios con el fin de honrar a los dioses. Y que se repitieron cada cuatro años hasta el 393 d.C., cuando el emperador romano Teodosio decidió suprimirlos por su carácter pagano.
¿Y después?
Pasados varios siglos, el barón Pierre de Coubertin creó los Juegos Olímpicos de la era moderna, con el mismo espíritu de la antigüedad, pero con carácter internacional.
¿Quién fue Coubertin, el historiador y pedagogo francés que se interesó por los juegos? Nacido en París el 1 de enero de 1863, Pierre de Fredy, Barón de Coubertin, era el menor de los cuatro hijos del pintor Charles de Fredy de Coubertin y Marie-Marcelle Gigault de Crisenoy. El nombre Coubertin se había añadido a su familia en 1566, cuando un antepasado adquirió el señorío de Coubertin, situado cerca de París.
Pierre creció en Normandía, en la finca de Mirville aportada como dote por su madre. Tuvo una educación clásica en el Colegio Jesuita de San Ignacio en París. Luego, pensando en una carrera militar, estudió en la Facultad de Ciencias Políticas. Pero su entusiasmo en este campo duró muy poco. Y se enfocó hacia la educación, que se convertiría en una verdadera pasión.
En 1883, influenciado por Thomas Arnold, se trasladó a Inglaterra para comparar los sistemas educativos británicos y franceses. Tras este viaje, comenzó el trabajo de su vida: la reforma del sistema de educación a través del deporte. Y difundió esta idea por todos los medios disponibles: conferencias, publicaciones, la creación de sociedades deportivas y educativas
A partir de 1890, trabajó activamente en el restablecimiento de los Juegos Olímpicos. En 1892 presentó su proyecto a la Unión Deportiva y Atlética de París. Dos años más tarde, durante un congreso internacional sobre amateurismo, organizado por la Unión Deportiva Francesa, solicitó el respaldo de otros países. Logró interesarlos en el proyecto y se creó el Comité Olímpico Internacional. Para Coubertin representó la consagración de su gran proyecto de reforma de la educación.
En 1895 se casó con Marie Rothan con quien tendría dos hijos, Jacques y Renée.
Y en 1896 se celebraron los primeros juegos de la edad moderna, en Atenas, para reanudar la vieja tradición helénica. A partir de entonces, se fueron repitiendo cada cuatro años en diferentes partes del mundo. Solo se suspendieron las ediciones de 1916, 1940 y 1944 por las Guerras Mundiales.
Coubertin fue candidato al Premio Nobel de la Paz en 1936 y recibió el Premio Virginie Heriot en el mismo año. En 1937 lo nombraron ciudadano de honor de Lausana, sede del Comité Olímpico Internacional desde 1915.
En los p ea  qt﷽﷽jo, amarillo y verde, rúltimos años de su vida, debió enfrentar problemas financieros: había pasado toda su fortuna personal en la financiación de diversos proyectos relacionados con el Olimpismo y la educación. La generosidad de algunos amigos lo ayudó a salir adelante.
Pierre de Coubertin murió el 2 de septiembre de 1937, de ataque cardíaco en el parque La Grange en Ginebra. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Bois-de-Vaux en Lausana, y su corazón colocado en una estela de mármol que conmemora el renacimiento de los Juegos Olímpicos en Olimpia, Grecia, según su deseo.
Dejó unas 15.000 páginas impresas, principalmente referidas a Olimpismo, deporte y educación, incluyendo la Carta Olímpica. Fue él quien creó la bandera olímpica formada por cinco anillos —azul, negro, rojo, amarillo y verde— sobre un fondo blanco, que simbolizan los cinco continentes unidos por el espíritu del deporte.


Escrito por Claudia Cortalezzi

Bernardo Alberto Houssay, el Nobel eterno

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Publicado en "Vidas breves", suplemento Cultura, diario Perfil, el 22 de julio de 2012.






Ilustrado por Marta Toledo

Como tantos argentinos que llenaron las páginas de nuestra historia, Bernardo Houssay era hijo de inmigrantes. Su madre, Clara Laffont, y su padre, Alberto Houssay, habían arribado de Francia, cada uno con su familia. Se conocieron en Argentina y se casaron en diciembre de 1879.
Bernardo fue el cuarto hijo de seis que tuvo el matrimonio. Nació el 10 de abril de 1887, en una casa sin número de la calle Balcarce, a una cuadra de Plaza de Mayo.
Su padre, abogado y Profesor de Francés en el Colegio Nacional Central, siempre hallaba un momento para conversar con los hijos. Durante la cena, les relataba historias de la literatura francesa, española, latina y griega.
Bernardo aprendió a leer oyendo cómo su hermano le enseñaba a su niñera.
Pronto descubriría, en la biblioteca paterna, los libros de Víctor Hugo, Julio Verne, Mayne Reid y otros autores, que devoró a sus anchas. A él le encantaban la historia y las biografías. Se internó de lleno en las aventuras de Aníbal, Alejandro Magno y Napoleón. Fascinado por vida de los misioneros y de los santos, decidió que quería convertirse en uno de ellos. No bien advirtió los peligros a los que debería enfrentarse, cambió de idea; dijo que sería ingeniero como su abuelo paterno.
Pero la hazaña más grande de su niñez quedó grabada en las escuelas a las que asistió: a los cinco años, su aburrimiento en las horas de clase hizo que se convirtiera en un problema para sus profesores. Sin embargo, a finalizar el ciclo lectivo, le dieron el premio al mejor alumno de su edad.
Acababa de cumplir nueve, cuando su padre resolvió que valía la pena el sacrificio de enviarlo a un colegio privado. Ahí, un profesor francés, Francisco Martin, notó el brillante aprendizaje de Bernardo. Y, en unos meses, lo guió a través de cuarto, quinto y sexto grado. Fue Martin quien procuró que ingresara al Colegio Nacional, con solo nueve años.
A los trece, se graduó de bachiller. Cuatro años más tarde, obtuvo el título de farmacéutico. Después estudió medicina, destacándose en fisiología. Fundó el Instituto de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y fue catedrático en la Facultad de Veterinaria. Siendo jefe de Patología y Fisiología del Instituto Nacional de Bacteriología y profesor en la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires, comenzó sus investigaciones: observó que sus pacientes diabéticos, que carecían de insulina, tenían una hipófisis o glándula pituitaria hiperactiva. Y dedujo que era esta glándula la responsable de regular los niveles de azúcar en la sangre. Extendió sus estudios a perros: les extrajo parte la hipófisis y notó que aumentaba la producción de insulina; y si les inyectaba la hormona, el proceso se revertía.
En 1945 publicó el tratado Fisiología humana, que le valió importantes premios internacionales: el de la Universidad de Toronto (Canadá); el Royal College of Physicians (Inglaterra) y el de la Royal Society of New South Wales (Australia).
Finalmente, en 1947, por su trabajo sobre la influencia del lóbulo anterior de la hipófisis en la distribución de la glucosa en el cuerpo, y su importancia para el desarrollo de la diabetes, le otorgaron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Premio que compartió con el matrimonio Cori.
Creó el Instituto de Biología y Medicina Experimental, donde desarrolló más de mil trabajos. Dictó cursos en las instituciones más importantes del mundo y fue condecorado por los gobiernos de Francia, Bélgica y Chile. Sus investigaciones dieron origen al CONICET, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.
Su obra más destacada es Fisiología Humana, escrita en colaboración con otros autores, editada en 1951.
Houssay murió en 1971 y, en 1983, obtuvo el Premio Konex de honor.
Su trabajo es estudiado en todo el mundo. 

Claudia Cortalezzi

Heath Ledger, un villano para el recuerdo (artículo), de Claudia Cortalezzi

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Publicado en "Vidas breves", suplemento Cultura, diario Perfil, el 15 de julio de 2012.









Ilustrado por Marta Toledo


Seguramente en aquella época, cuando con apenas diez años interpretó a Peter Pan en una producción escolar, Heath Ledger ni imaginaba lo que le traería el futuro. Tal vez soñaba con convertirse un gran jugador de ajedrez, ya que ese mismo año había ganando el campeonato para niños ajedrecistas de Australia Occidental.
Jamás dejó de ser un ávido manejador de alfiles, torres y caballos. Muchas veces, ya adulto, se lo vio disputando largas partidas en el Washington Square Park.
Planeaba dirigir y protagonizar una película sobre ajedrecistas, una adaptación de la novela The Queen’s Gambit, junto al guionista y productor escocés Allan Scott, pero quedó en proyecto.
Nacido en Perth, Australia, en 1979, Heath era hijo Sally Ledger Bell, maestra de francés, y Kim Ledger, ingeniero y también automovilista.
Fue Kate, su hermana mayor, quien lo alentó a dedicarse a la actuación. Y en los ’90, él empezó a forjarse como actor, interviniendo en papeles menores en películas y programas de televisión.
En 1998 se mudó a los Estados Unidos, donde protagonizó una adaptación libre de la comedia La fierecilla domada de William Shakespeare, titulada 10 Things I Hate About You —10 razones para odiarte—. Luego se metió en el papel de Gabriel Martin —hijo mayor de Benjamin Martin (Mel Gibson)—, quien se alista en el ejército desoyendo los consejos de su padre, en la película bélica The Patriot —El patriota—, del año 2000.
Desde 2001 a 2005 no paró. Vinieron Monster’s Ball, Knight’s Tale —inolvidable película, que en español se tituló Corazón de caballero—, The Four Feathers, The Order, Ned Kelly, Casanova, The Brothers Grimm y Lords of Dogtown.
También en 2005, protagonizó Brokeback Mountain —Secreto en la montaña—, donde conoció a Michelle Williams, con quien tuvo una hija: Matilda Rose. Por su interpretación de Ennis Del Mar, obtuvo los premios del Círculo de Críticos de Nueva York como mejor actor y al mejor actor del año por el Instituto de Cine Australiano. Fue nominado al Oscar y al BETA.
Y siguieron los reconocimientos, pero después de su muerte.
El primero, el Premio Independent Spirit Robert Altman —compartido con el resto del elenco y el director— por su interpretación del actor ficticio Robbie Clark, uno de los seis personajes que representaban los distintos aspectos de Bob Dylan, en la película I’m Not There.
Pero los amantes del cine recordarán a Heath Ledger por su gran creación: the Joker, o el Guasón, en The Dark Knight —Batman: el caballero de la noche— dirigida y producida por Christopher Nolan.
Healh logró un Guasón siniestro, muy distinto de aquel inolvidable Guasón de Jack Nicholson. El villano de The Dark Knight va creciendo a lo largo de la película. Su deseo esquizofrénico del orden a través del crimen, crece. Cuentan que Healh se encerró en una habitación de hotel durante un mes a estudiar el personaje, su voz, su personalidad, su postura. Dicen que llevaba un diario en el que registraba los pensamientos y sentimientos del Joker.
Pero no lograba descansar. Tomaba medicamentos para dormir que, aparentemente, no le alcanzaban.
Y falleció de una sobredosis accidental de medicamentos recetados, a los 28 años, el 22 de enero de 2008.
En el momento de su muerte estaba en la mitad de su trabajo personificando a Tony en The Imaginarium de Terry Gilliam. La filmación de suspendió temporalmente. Finalmente el personaje de Tony se transforma a medida que viaja por un mundo irreal, y lo completaron Jonny Depp, Jude Law y Colin Farrel. Se estrenó en 2009.
Healh Ledger deseaba ser productor y director de cine —ya había dirigido algunos videos de música—, pero entró en la historia por otra puerta: fue el segundo actor en conseguir un Oscar de manera póstuma.
"No planifico nada —dijo—. No sé qué haré mañana. Vivo completamente el día de hoy, no en el pasado ni en el futuro".

Claudia Cortalezzi
 

Hemingway, una vida de novela (artículo), por Claudia Cortalezzi

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Publicado en "Vidas breves", suplementro Cultura del diario Perfil, mayo de 2012.




Ilustrado por Marta Toledo



En abril de 1917, cuando Estados Unidos se involucró en la Primera Guerra Mundial, Ernest Hemingway tenía 18 años y ya se había iniciado como periodista en el Kansas City Star. Ya había leído mil veces aquel papelito que el Jefe de Redacción había dejado bajo la cubierta de vidrio de su escritorio del diario, que decía: "Escriba con frases claras y concisas. No se haga el artista". Ya lo había aprendido de memoria y lo llevaba incorporado para toda su carrera de periodista y escritor.
Pero en ese momento, él no lo sabía, solo quería unirse al Cuerpo de Expedición Americano junto a otros muchachos de su edad. Y fue a presentarse como voluntario sin imaginar que un problema de vista le impediría convertirse en soldado.
¿Cómo hacer para ir al frente? Él no se daría por vencido. Se ofreció en la Cruz Roja Internacional, y lo aceptaron. En mayo de 1918, desembarcó en Burdeos. Luego fue a Milán.
Cuentan que una noche, en Fossalta, al norte de Venecia —no habían pasado dos meses de su llegada a Europa—, en medio de un ataque austríaco, Ernest cargó sobre sus hombros a un soldado italiano y corrió sin prestar atención a las balas que los asediaban. Una granada lo alcanzó en la pierna, y él cayó y se levantó y siguió hasta sus líneas. El herido había muerto y su propia rodilla estaba destrozada, pero se había convertido en héroe. El gobierno italiano le otorgaría una Medalla de Plata por su valor.
Internado en un hospital de Milán, estuvo a punto de perder su pierna. Durante su recuperación conoció a la enfermera Agnes Von Kurowsky, con quien tuvo un romance. De esa experiencia, nueve años más tarde, surgiría una de sus mejores novelas: Adiós a las armas. 
Tras la guerra, regresó a su país. Se casó con Elizabeth Hadley Richardson. En 1922 se mudaron a París, donde nació su primer hijo.
Nada era fácil, pero él escribía. Escribía mucho. Y también bebía mucho.
Su estancia en París lo llevó a relacionarse con escritores como Ezra Pounz, F. Scott Fitzgerald y James Joyce.
Sus primeros trabajos: Tres relatos y diez poemas y En este mundo pasaron inadvertidos. Ernest viajaba por Europa como corresponsal del Toronto Star. Seguía bebiendo mucho, escribiendo mucho y retaba a cualquiera a boxear por dinero o por placer.
Editó The sun also rises —Fiesta, en español—, que se vendió muy bien. Pero la crítica recién lo tomaría en cuenta tras la edición de Hombres sin mujeres, que contiene cuentos como “Los asesinos”.
Fue después del nacimiento de su segundo hijo, de su segunda mujer, Pauline Pfeiffer, cuando por fin… ¡llegó su primer gran éxito: Adiós  las armas!
Y entonces vinieron más libros y más éxitos.
Como corresponsal de la Guerra Civil Española, conoció a la periodista Martha Gellhorn, su tercera esposa. Se mudaron a Cuba, a la Finca Vigía, actualmente Museo Hemingway. Ahí escribió Por quien doblan las campanas —ambientada en la Guerra Civil Española—, que rápidamente se convirtió en best-seller, y le abrió las puertas de Hollywood. La película, dirigida por Sam Wood, llevó el mismo título que el libro; la protagonizaron Ingrid Bergman y Gary Cooper.
La vida feliz de Francis Macomber, Las nieves de Kilimanjaro, y El viejo y el mar, llegarían más tarde también a la pantalla grande.
Casi en el final de la Segunda Guerra Mundial, conoció a Mary Welsh, una periodista del Time, que se convertiría en su última esposa.
En 1952, publicó El viejo y el mar. Al año siguiente de dieron el Premio Pullitzer. En 1954, la American Academy of Arts and Letters le otorgó el Merit Award y el mismo año ganó el Premio Nobel de Literatura.
Había nacido en Oak Park, Illinois, en julio de 1899.
Y, en julio de 1971, en Ketchum, se disparó en la cabeza con su propia escopeta.
Logró que su obra ejerciera gran influencia en otros escritores, por la maestría con que conjugaba brillo y sencillez. 

Claudia Cortalezzi

María Elena Walsh, dos y dos son tres (artículo), por Claudia Cortalezzi

 
 





Publicado en "Vidas breves", suplemento Cultura del diario Perfil, abril de 2012 



Iluctrado por Marta Toledo


Aprendí sus canciones de memoria sin haberla oído cantar.
Ignoraba de dónde venían Manuelita, El reino del revés, La reina batata, La pájara Pinta o La vaca estudiosa. No me inquietaba saberlo: las canciones estaban ahí, en boca de todos. Y no importaba si pertenecían a uno o a diez autores; a nosotros nos hacían bien. Y digo “nosotros” porque estoy convencida de que no fui la única de mi generación que creció con esos versos dando vueltas en la cabeza, cantándolos bajo la lluvia o bajo la ducha, cantándolos hasta caer dormidos.
Y así, como sus melodías y sus letras, un día apareció María Elena —María Elena a secas, porque María Elena había una sola—, apareció con sus poemas y su voz. Y me enteré de que todas esas canciones eran de ella y solo de ella. Fue entonces que empecé a buscar, quería interiorizarme sobre su vida. Conocí sus orígenes, que había nacido en Buenos Aires, en el barrio de Ramos Mejía, el 1º de febrero de 1930. Que su madre era argentina y su padre inglés, un ferroviario que tocaba el piano y cantaba canciones de su tierra. Que vivían en un gran caserón con un jardín con rosales, limoneros, naranjos y una higuera; donde también había un gallinero y algunos gatos.
Me la imaginé chiquita, en uno de aquellos atardeceres, sentada en el borde del taburete, intentando corear lo que ese hombre grande, que era su padre, tarareaba para ella. Para ella que creció amando la lectura, y que a los 15 años publicó un poema en una revista. Que poco después escribía para uno de los grandes diarios del país.
Y no pasó mucho hasta que editó su primer libro, Otoño imperdonable —que recibiría el segundo premio Municipal de Poesía y sería alabado por la crítica—, en 1947, cuando ella aún no terminaba sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes.
Después vendrían otras historias como Apenas Viaje, Baladas con Ángel, Tutú Marambá, La Mona Jacinta, La Familia Polillal, Hecho a mano, Dailan Kifki, Cuentopos de Gulubú, Versos para Cebollitas, Juguemos en el mundo, El brujito de Gulubú, El Mono Liso, Canciones para Mirar. No creo que haga falta que me extienda transcribiendo la larga lista de poemas, novelas, cuentos, canciones, ensayos y artículos periodísticos que llevan su nombre. En algunos de ellos se deslizaba ya su sutil denuncia social.
Mientras leía que María Elena frecuentaba los círculos literarios, me imaginaba cómo serían aquellas reuniones. Me los representaba leyéndose unos a otros.
También viajé imaginariamente con ella al pasado, a 1949, cuando Juan Ramón Jiménez la invitó a los Estados Unidos. Y la saludé con la mano cuando partió hacia París con Leda Valladares, con quien formaría el dúo “Leda y María”.
Internada de pies a cabeza en su historia, arribé a la época más esperada: cuando comenzó a escribir versos y textos infantiles. Esos que recordamos todos, que de generación en generación siguen acompañando a miles de argentinos.
Recuerdo que mis maestras del primario siempre tenían a mano alguna de sus canciones, como Canción del estornudo o Canción del jardinero para los actos del día del niño o del maestro. Cualquiera que eligieran era éxito seguro: hasta la directora las entonaba de principio a fin.
A Manuelita, por ejemplo, aún hoy puedo verla en mi fantasía como entonces: en la peluquería, planchada del derecho y del revés, o intentando caminar sin caerse sobre los tacos de sus botitas.
Pasados los años, María Elena Walsh recibió el nombre de Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba y Personalidad Ilustre de la Provincia de Buenos Aires.
Falleció el 10 de enero de 2011, en Buenos Aires.
Pero, los que fuimos chicos en los ’70 crecimos llevando sus versos a cuestas con tanta familiaridad que se nos escaparon de la boca y del corazón no bien tuvimos un hijo o un sobrino a quien cantárselos.