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Una tarde en la E.E.S. Nº 1 "Alfonsina Storni" de Máximo Paz


El viernes 21 de noviembre, estuve charlando con los alumnos de la E.E.S. Nº 1

Agradezco la invitación a las autoridades del establecimiento, Cristian Ríos (director) y Ariel Angelini (vicedirector). 
Agradezco a la profesora Elsa Córdoba, que les acercó a sus alunmos el libro Cinco mujeres y otra cosa, que escribimos en conjunto con Alejandra D'Atri, Paula Jansen, Victoria Fargas y Gladis Lopez Riquert.
 Y, especialmente, agradezco a los chicos, por el entusiasmo y la buena predisposición.

Un placer.


Ocho minutos (cuento), de Claudia Cortalezzi


 
 


Publicado en revista Próxima nº 12, diciembre de 2011.






—¡Julio! —oyó Julio desde el baño—. ¡Vení a ver, rápido!
—¿Qué pasa, Celina?
—Dale, apurate.
—¿Qué es tanto grito?
Julio entró en el comedor, vio a su hermana de espaldas. Se preguntó cómo había hecho para maniobrar la silla de ruedas entre los muebles y quedar tan cerca del televisor. Los platos sucios, apoyados en el regazo de Celina, no se movían, pero ella no paraba de agitar los brazos.
—Estás en la tele, Julio. ¡Mirá!
Julio se fijó entonces en la pantalla.
Sí, en la tele. Su cara, ancha y deforme, ocupaba la mitad superior de la imagen: las arrugas de alrededor de sus ojos, que se habían ido profundizando desde el gran cambio a esta parte, se veían aún más oscuras que en el espejo.
—¿Viste, Julio? La gente está loca: ese tipo dice que das clases de danza en el instituto de disciplinas modificadoras. Modificadoras de qué, quisiera saber. ¡Qué ocurrencia!
—Es que yo… Mirá, Celi, vos no entendés. Yo…
—Estúpidos, pensar que mi hermano, un servidor de la humanidad, limpieza y salud, es un bailarín, por favor.
—Celi…
—¡No lo puedo creer, Julio! Si mamá hubiese visto esto…
Mamá, pensó él. El único recuerdo que tenía de su mamá estaba en las fotos que Celina guardaba bajo la cama.
Desde el cambió de régimen gubernamental, cuando se sometió a los estudios médicos para el reempadronamiento, Julio había empezado a olvidar algunas cosas. Con el tiempo únicamente retenía los hechos recientes. Y de la época anterior, sólo le quedaba Celina. Celina y los recuerdos de Celina. Sin ella, él sabría de sí mismo lo que le mostraban los objetos: su documento y un certificado de trabajo con su nombre, acreditándolo como profesor de danzas moderadoras del ánimo.
—Tendrías que quejarte, Julio —seguía Celina—. Yo que vos me presento en el canal de las noticias y digo que ese “bailarín” no soy yo. Exhibirles en la cara tu recibo de sueldo de recolector de residuos.
Julio se quedó mirándola en silencio. ¿Y si su hermana era la única persona que vivía fuera del sistema? Nunca sabría él si al esconderla le había hecho un bien o un mal. Tal vez hubiera sido mejor que los funcionarios la hubiesen “borrado” como hicieron con todos los discapacitados. Pero él había actuado con egoísmo, pensando en no quedarse solo, y la había protegido. Ahora era su responsabilidad. Y si algo le sucedía a él, ella moriría de hambre, si tenía la firmeza de mantenerse adentro y no salía a la calle para que la capturasen.
Volvió la vista hacia la pantalla. Ahora se detuvo en la parte inferior:

Recordamos a los señores pobladores que la salinidad el planeta ha llegado a su punto máximo. El uso de cualquier sustancia que contenga sodio o potasio —por pequeña que sea— podrá desencadenar el tan temido caos ecológico.
hemos entrado en estado crítico
hemos entrado en estado crítico
Necesitamos de su ayuda para preservar el planeta.
hemos entrado en estado crítico

—Hombre —Celina lo agarró del brazo y lo sacudió—, ¿seguís acá? Ya sé, a cualquiera lo emocionaría verse en la tele, aunque no seas vos. Bueno, el tipo se te parece bastante.
—¿Ves el cartel en la parte de abajo de la pantalla, Celi? —Julio necesitaba probar a su hermana, convencerse a sí mismo que permanecía ajena al sistema.
—¿Qué cartel?
—Nada —dijo él. Y se agachó a besarla en la frente—. No importa. Te quiero mucho.
—Yo también, tonto. Más ahora que estás en la tele —y largó una carcajada.
Julio corrió a la ventana y miró hacia la calle. Nadie la había oído.
—Llevá los platos a la cocina, Celi, por favor.
En el televisor las noticias pasaron a otro tema, ya no hablaban de los bailarines habilitados. Julio vio a su hermana enfilar la silla hacia a la cocina.
en estado crítico, se repitió. Ya había oído él, esa misma mañana, la propaganda gubernamental. La había oído como siempre, sin prestarle atención. Los parlantes callejeros parecían aumentar el volumen a medida que pasaban los meses, y ya nadie se detenía a escucharlos. Pero las palabras se les grababan en la memoria.
Seis años atrás habían empezado aquellos comunicados, y nunca se detendrían. Día tras día advertían a la población que el exceso de salinidad bla bla bla. Pero hacía unas semanas, Julio no podía recordar desde cuándo, los comunicados insinuaban que una sola gota más de sal tendría consecuencias irreparables. Exageraban. Querían impresionarnos.
Observó a Celina: su cuerpo achicado, la silla le quedaba grande. La vio acomodar los platos, cubiertos y vasos en el lavavajillas. A pesar de su deterioro, ella no perdía la fuerza de los brazos. Parecía que toda la vitalidad que le faltaba en las piernas había pasado a los brazos. Ella se levantaba y se acostaba sin ayuda, iba al baño sola, hasta se bañaba sola.
Pobre Celi, se dijo, siempre encerrada. Si pudiera ayudarla… Se le ocurrió que tal vez podría hacer algo: ir introduciéndola de a poco en el mundo moderno.
—¿Sabés —dijo—, las dulcificadoras de agua ya ocupan hasta el último centímetro en todas las playas del planeta?
—No entiendo, ¿de qué hablás?
—Prestá atención, Celi. Lo que voy a decirte es muy importante. Los barcos de las dulcificadoras navegan sin descanso, ¿sabés? Millones de ellos recogen la sal de los océanos. Sal que luego envían a una estación espacial. Y de ahí va a otra galaxia.
—Julio, ¿vos te sentís bien?
—¿Acaso no te das cuenta, Celina? ¿Cuánto hace que cocinás sin sal?
—Es que vos no la comprás. Yo te anoto en el pedido y vos siempre te olvidás, Julio.
—Más de la mitad de la humanidad trabajaba ahora en “mantener soso el planeta”. Enterate.
—¡Basta, por favor! No sé lo qué querés decir. Me das miedo. Basta.
Unos minutos después, ella volvió a la mesa trayendo en el regazo una bandeja con dos pocillos y una azucarera.
Bebieron el café sin mirarse.
—Voy a salir —dijo él.
—Que no se te haga tarde para el trabajo. Mirá que el camión recolector pasa a buscarte a las…
Julio pensó que tal vez fuera mejor dejarla vivir en la ignorancia.
Hacía frío. Andaba poca gente por la calle. Una ráfaga lo despeinó. Él se cubrió los ojos con la palma de la mano hasta que logró ponerse a resguardo. El gobierno recomendaba a los pobladores no exponerse al viento.
Cuando la corriente amainó un poco, Julio retomó su camino. Se detuvo ante un cartel: Terapia obligatoria de la risa, leyó
Volvió a pensar en su hermana. ¿Y si ella tenía razón y él había sido antes un recolector de residuos? Por qué no. ¿Y si, así como él había cambiado de oficio, todo el mundo trabajaba ahora en algo que jamás hubiese imaginado?
Hoy estoy pensando estupideces, se dijo. Debía ser el cansancio, algunos días se cansaba mucho. La terapia obligatoria de la risa lo cansaba, lo aburría.
Subió los dos escalones que lo separaban de la puerta. Golpeó suavemente. Cuando oyó la chicharra, entró.
Cinco personas, ya ubicadas en la sala de espera, miraban atentamente el reloj digital de pared encima de la puerta del reidero, junto al indicador de períodos de terapia: los números verdes los señalaban la actividad; los rojos, los intervalos.
Había ahí un gordo, muy gordo. Julio se preguntó cómo había pasado por la puerta de entrada. También le llamó la atención una vieja centenaria; no creía haber visto nunca a una persona tan arrugada. Aunque, pensó, no debo confiar en mis recuerdos.
El reloj indicaba que faltaban dos minutos para que el grupo anterior saliera. Después entrarían ellos. Tendrían ahí sus ocho minutos diarios de risa. Más tarde se iría cada uno por su lado, a sus respectivos trabajos, y tal vez jamás volverían a cruzarse.
—Dos minutos —dijo la vieja. Parecía ansiosa, como si fuese su primera vez. O la última—. Para mí que esto es puro verso —siguió—. Para mí que dicen lo de la sal para atemorizarnos. Habría que desafiarlos, salir a la calle un día de viento y mantener los ojos abiertos hasta que las lágrimas empiecen a salir. Total, quién puede culparnos. Habría que culpar al viento en todo caso.
—Yo no probaría —dijo el gordo—. Por las dudas.
El recepcionista les hizo un ademán para que se callaran.
Sonó la chicharra de la puerta de calle. Enseguida entró una chica menuda, de pelo lacio y castaño hasta la mitad de la espalda. Llevaba un tapado entallado de color rojo y zapatos negros de taco fino. Impecable.
¡Qué linda es!, pensó Julio. Si entramos juntos al reidero, a lo mejor podría…
Pero el cupo se había completado con él. La chica entraría en el siguiente turno.
Volvió a mirarla, tratando de que los demás no lo advirtieran.
Era más linda de lo que pensaba. Me gustaría invitarla a tomar un café, se dijo.
Justo en ese momento sonó la señal: un timbre agudo que nacía en el indicador de períodos.
El grupo que había entrado a reírse ocho minutos atrás, salió.
—¿Por qué? —oyó Julio que decía la chica, mientras esperaban a que el personal de orden dejase las instalaciones limpias para ellos—. ¿Por qué son sólo ocho minutos? ¿Por qué ocho y no diez, o cinco?
El gordo avanzaba arrastrando los pies hacia la puerta del reidero, pero se detuvo y, sosteniéndose contra una columna, dijo:
—Porque la risa siempre termina en llanto, señorita. Expertos en risa realizaron un profundo estudio, convocaron especialmente a millones de personas. Dicen que a los nueve minutos, la mayoría de los humanos, deja de reírse y empieza a llorar. Por eso la terapia dura ocho minutos, para dejar un margen.
—Un margen —repitió ella.
Julio esperaba que dijera algo más, era tan suave su voz.
Pero ya se separaban, él se encaminaba a una de las cabinas del reidero.
Se ubicó en el asiento, ajustó el cinturón de seguridad y se calzó el casco.
Las imágenes empezaron a sucederse y él se rió tanto que le dolió la boca del estómago.
Pero, al sacarse el casco, notó que algo distinto había sucedido ahí adentro, como si el monstruo de su propia risa hubiese succionado una parte importante de su vida. O como si ya viniera haciéndolo y recién ahora se le manifestaba el resultado.
Debía ver a la chica. Debía aprovechar el poco tiempo que quedaba entre un turno de terapia y otro.
Salió de su cabina sin mirar a nadie, tropezó con la vieja que caminaba a paso de tortuga. Y logró acercarse a la chica.
—Soy Julio —se presentó—. Ex recolector de residuos. Actualmente trabajo como profesor de danzas moderadoras.
La chica lo miró.
Julio notó que el recepcionista había clavado los ojos en ellos. Esperaba que ella le preguntase dónde dictaba las clases de danza que, si bien no eran obligatorias como las de la risa, se sugería a la población que tomase al menos una o dos por semana, para suavizar el carácter y, una vez con sus familias, socializarse con alegría. Pero, por qué le había dicho lo de ex recolector: ella tendría una mala imagen de él, como de un idiota. Sí, un idiota.
El recepcionista se le acercó, amenazante. La chicharra de la puerta lo obligó a retornar a su sitio, detrás del escritorio.
Entraron otras dos personas a la sala de espera.
Voy a memorizar sus gestos, se dijo Julio, como para pensar en otra cosa.
Después de todo, tenía ahí una buena oportunidad de observar las caras de los otros. Podría averiguar si ocho minutos de intensa risa modificaban algo o no.
El timbre del indicador de períodos soltó un nuevo chirrido  y todos se levantaron de sus asientos. Julio siguió con la mirada a la chica de rojo hasta una de las cabinas. La puerta se cerró.
No importa, pensó, la veré a la salida. Y mucho más simpática, seguro. Después de un buen taller de risa, hasta el más serio cambiaba de humor, lo decía la propaganda callejera. Y debía de ser cierto: cuántas veces él se había despertado angustiado, triste, hasta con ganas de llorar. Pero con ocho minutos de risa, todo se dulcificaba. Para eso se habían creado las clínicas de la risa —nadie podía reírse afuera, ni en la calle ni en sus casas—, sólo en los locales habilitados, controlados por un coordinador experto. Sólo ocho minutos.
Ahora le volvía la angustia.
Intentó comentárselo al recepcionista.
—Todo lo contrario, señor…
—Julio.
—Señor Julio, ustedes… —el recepcionista buscó una hoja en su cuaderno y leyó—: “Ustedes adquieren vida a causa de la risa.”
Una vez en la calle, Julio volvió a pensar en chica de rojo.
La esperó.
La gente empezó a salir. Él quiso concentrarse en los gestos pero no pudo. Necesitaba ubicar a la chica.
Notó que todos se movían con prisa. Con una urgencia extrema, pensó. Como en las películas mudas de Chaplin. ¿De dónde le venía aquel recuerdo?
Una mujer vestida de rojo —él creyó que era ella— se llevó la mano a la garganta, como si le faltase el aire.
Segundos después, los “alumnos” de la risa, se disipaban apresuradamente. Huían de ahí sin notar la presencia de los demás.
Pero la chica no aparecía.
Entonces, él empezó a caminar, despacio, hacia su clase de danzas.
Un grupo de mujeres se había juntado en la esquina. Julio se detuvo a pocos metros, donde no pudieran verlo.
Oyó que susurraban. Se asomó un poco, todas cargaban con una caja. Él conocía aquellas cajas: cajas chisteras de magos. Las había visto en la tele. El gobierno las repartía para que las viudas se las llevasen a los muertos.
Una de las mujeres se veía muy nerviosa. Julio se acomodó para verle mejor la cara: la pobre no aguantaba la risa.
—Vamos —dijo otra—, antes de que cierren el cementerio.
El viento había calmado, pero hacía mucho frío. Julio se sintió aún más cansado que antes. Y aquella angustia de cuando salió del reidero, no disminuía. La terapia de la risa le había dejado una sensación horrible.
Pensó en la chica de rojo, se le ocurrió que estaba tan sola como él.
Mañana voy a volver a la terapia a la misma hora, decidió. Sabía que sería inútil: al día siguiente, ella haría su rutina en otro horario, y él también.
Los cambios de rutinas, una buena forma que habían encontrado los dirigentes para evitar relaciones entre desconocidos. “Si no desarrollan relaciones ocasionales, las personas mantienen sus emociones controladas”, decían. Y, desde que la población era controlada hombre a hombre, los que no tenían pareja, se casaban con primos, tíos, hasta entre hermanos. Eso sí estaba permitido. Pocos se arriesgaban a acercarse a un extraño en los talleres o en la calle. Sólo los audaces, los que no temían al escuadrón armado.
Julio necesitaba conocer a alguien, probar como era él en una relación de pareja. Porque vivir con su hermana no estaba mal, pero él necesitaba otras cosas. Cómo le gustaría compartir su cariño por Celina con alguien más. Y tener hijos, darle a Celina la alegría de ser tía.
Celina viviría encerrada en el departamento para siempre. Para siempre. Él era el responsable de su encierro. ¿Por qué la había dejado así? Pero si yo no podía hacer otra cosa, se justificó. Si la hubiese acercado al programa de reempadronamiento, la habrían… Le ardieron los ojos. No. Dios mío, no, pensó. No debía llorar, las lágrimas contienen sodio y potasio.
Hizo una mueca de risa, que ocultó tras la solapa del saco.
Miró a su alrededor. Se dio cuenta de que no había caminado más de media cuadra desde el reidero. Giró sobre los talones, como en un paso de baile, abriendo los brazos para mantener el equilibrio, y… la vio.
La chica de rojo lo seguía.
Caminaron a la par, sin mirarse. Tampoco hablaron, los parlantes callejeros contenían micrófonos, todo el mundo lo sabía. Otra buena forma de evitar que la gente se relacionase en la calle. Pero ellos no necesitaban de las palabras.
Julio sacó del bolsillo un pequeño anotador con un lápiz colgando del espiral plástico. Campana 1054, Planta Baja G, el departamento que da a la calle, escribió. Apartó la hoja para arrancarla, pero temió que los sensores auditivos tomasen el rasguido del papel. Le entregó a ella el anotador.
Se separaron.


—Julia —dijo ella —. Me llamo Julia.
Julio no terminaba de creerlo: ella, en su departamento. Además, se llamaba igual que él. Increíble.
Julia se sacó el tapado rojo, lo apoyó en el brazo del sillón y se sentó.
—Mi hermana duerme —se apuró a decir él, dispuesto a contarle todo a Julia.
Pero ella asintió, y él pensó que tal vez era mejor no hablar se Celina.
Quería decirle algo más a Julia. Algo divertido. Que ella se hubiese expuesto para verlo lo alegraba, sí. Pero tenía un nudo en la garganta.
Julia parecía darse cuenta. O sería que sentía lo mismo que él. De golpe la vio fruncir los labios, los ojos se le volvían brillosos.
—No vayas a llorar —le dijo.
Se acercaron y se abrazaron y se besaron en silencio. La vio taparse la cara sonriente con la mano, desparramar el maquillaje.
Así, era aún más hermosa.
Volvieron a abrazarse, con familiaridad ahora. La cabeza de ella sobre su pecho, tan liviana.
Julio volvió a advertir ardor en los lagrimales. Y un hilo tibio recorrió el contorno inferior de sus ojos, bajó por los suecos de las arrugas y se perdió en su cuello.
Un estruendo: el escuadrón armado, irrumpiendo desde la calle, acababa de franquear la puerta de su departamento.
Julia manoteó el tapado rojo y logró ponérselo. Él no pudo desplazarse ni un milímetro de donde estaba: media docena de fusiles apuntaban a su cabeza.
De golpe los uniformados se separaron de él y, dividiéndose en dos filas, formaron un pasillo hasta la abertura de la puerta.
El jefe del escuadrón —por la cantidad de condecoraciones, Julio no tuvo dudas—, marchó a paso firme hacia él.
—¡No lágrimas! —le ordenó, rozándole la cara con una espada o sable.
A Julio le dolieron las mejillas, las mandíbulas.
Vio que los uniformados se iban de su casa, llevándose por la fuerza a una mujer de tapado rojo.
¡Cómo le dolían las mejillas!                                                                 
Necesitaba verse, curarse.
Lentamente se levantó del sillón y fue al baño. El espejo le mostró una mueca de labios estirados. Tan expuestos quedaban sus dientes: feos y amarillentos. Debía cubrirlos. Se llevó la mano a la comisura del labio. Le costó agarrar el músculo, parecía replegado, como si los tendones se hubiesen contraído. Era una mueca de risa, no había dudas. Pero su cara no parecía alegre.
—¡Julio! —oyó desde el baño. Era Celina—. Dejaste la puerta de calle abierta, Julio. Tenés que ser más cuidadoso. ¡Mirá, el viento mi hizo llorar!
¿Llorar?
Corrió junto a su hermana. Pasó las yemas de los dedos por la cara de ella. Y después, haciendo un gran esfuerzo, logró sacar la lengua por entre la sonrisa dolorosa, y se lamió el dedo. Sal. El gusto de la sal, tan sabroso…
Se lo dio a probar a Celina. En cualquier momento llegaría el escuadrón.
Esperó.
Nada.
No pueden detectar sus lágrimas, concluyó al cabo de un rato, porque ella no figura en los padrones.
Se sentó en la falda muerta de su hermana y se abrazaron con fuerza, y ella lloró como una nena chiquita y siguió llorando hasta quedarse dormida.
Julio no se movió por no despertarla.

El sol de la mañana le daba de lleno en la cara. Julio se incorporó despacio.
—Voy a hacer el desayuno —le dijo Celina.
Él fue a prepararse. En un par de horas debía marcar tarjeta en el instituto de danzas modificadoras.
A la vuelta, le diría a Celina que le mostrase fotos de la familia.




Desmedida confianza (microrrelato), de Gladis López Riquert


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Después de muchos años de pruebas y gracias a un dato otorgado por un sueño, logré la forma y las indicaciones para obtener cualquier clonación. No lo comenté con nadie, por supuesto, porque la ley prohíbe hacerlo sin protocolos científicos.
Probé con mi perro, Giménez, y así el pobre tuvo con quien jugar. Probé con el gato de la vecina, aunque a mí no me gustan los gatos. También probé con el hijito número cinco de mi prima Ofelia, que no se dio cuenta que ahora tiene dos niños iguales en la casa. ¡Está tan loca siempre!
Probé con cada cosa animada que me gustara. ¡Probé con tantas cosas! Y jamás se me ocurrió…
Creí que ibas a estar siempre.
Según la fórmula para la clonación se debe utilizar un animal o persona dormida. Y vos ya hace dos meses que no dormís en casa.

Trabajado en el taller literario de Claudia Cortalezzi

¿Qué hay antes? ¿Qué hay después?

Nueva selección de cuentos para Breves no tan breves


fragmentos
(enlaces a los cuentos en los títulos)


"Juego de cabezas" de Gabriela Colombo

[...] Allá voy: un pestañeo de oscuridad, miles de cabezas y voces girando en un ruidoso tubo de colores. Mis células reciben el impacto de infinidad de memorias y sensaciones. [...]


"Antes de morir" de Rafael Blanco Vázquez


[...] Me desnudó. Me avergonzó oler tan mal, pero ella actuó como si nada. Me enjabonó de la cabeza a los pies. Nunca una mujer me había tocado así, sin ningún reparo. [...]


"Volver" de Ana Vidal

[...] me acaricia la cabeza sin decir nada y le pregunto ¿dónde estoy? ¿qué ha pasado?. Ella me mira con preocupación y cuando me contesta no entiendo nada, habla muy raro [...]


Olvidada (cuento), de Claudia Cortalezzi


 






Y entonces llegaron ellos
Serrat



Ella no se detendría por nada del mundo: seguramente el monstruo ya le pisaba los talones.
Todo por culpa del cofre, pensó.
Lo había robado del laboratorio de ciencias de la escuela, con ayuda de sus amigas. Y se había ofrecido a esconderlo en su casa. Pero lo había abierto sin esperar a que llegasen las demás.
¿Quién la había mandado a abrirlo sola?
Ahora, aquello que había salido del cofre, que en segundo se había hinchado hasta doblarla en tamaño, la obligaba a correr, a buscar un escondite.
Voces, gritos.
Gritos y otra cosa: un traqueteo metálico.
Ella se volvió —sin detener su carrera—, tropezó, y debió mirar rápido hacia delante. Pero había espiado lo suficiente. Detrás del monstruo, un grupo de hombres empujaba unas carretillas con enormes bateas. Ella conocía aquellas bateas: su padre —como todo el mundo en el pueblo— trabajaba en la fábrica de procesamiento de restos orgánicos —ella no sabía bien qué quería decir—, y le había revelado lo que guardaban en las bateas.
—Acá se almacena la harina de huesos —le había dicho.
—¿De huesos? —ella se había tapado la nariz— ¡Qué asco! ¡No se puede respirar!
Ahora le llagaba, cada vez más cercano, aquel vapor hediondo que brotaba de las bateas. Y —giró apenas para comprobarlo— de ahí salía algo más que el vapor: un polvo pesado, una masa informe que cobraba vida. ¿Quería alcanzarla?
Siguió corriendo, mientras pensaba en cómo escapar, corriendo y corriendo —aunque un dolor agudo le punzaba el costado izquierdo, bajo las costillas—, cuando descubrió una puerta abierta y se escabulló lo más rápido que pudo.
Es el sótano del almacén de Pedro, reconoció al bajar los primeros escalones.
Una vez abajo, se detuvo a tomar aliento. Y miró atrás: el… polvo, aquella masa asquerosa, seguía tras ella. La cosa ya dejaba atrás los primeros peldaños. Avanzaba más rápido que el monstruo —el monstruo, recordó ella. Ya no la aterraba el monstruo—. Vio cómo la masa lo envolvía lentamente, capa tras capa. Ahogándolo, seguro.
Se dijo que el polvo no tardaría en llegar al piso húmedo del sótano. Ahí se iría acumulando.
Y se detendría por fin.
Toneladas de aquella masa movediza se le meterían por la nariz, la boca, los oídos. Y ella no podría respirar, quedaría enterrada para siempre. Olvidada. Nadie sabría jamás que eso la había sepultado. Todo por culpa de aquel monstruo que tanto terror le había causado antes, antes de que apareciera el polvo.


A los otros (cuento), de Oscar Piolini


Al alba volvieron. Otra vez volvieron.

Sí. Te digo que volvieron. Me escuchaste bien. No, ya no sé cuántas veces: acá perdés la cuenta, no sabés si son las cuatro de la mañana o las cuatro de la tarde.

Ahora eran tres, la vez pasada en cambio habían sido cinco. Enfundados en impecables batas blancas desenrollaron un centímetro de costurera y, sin pedir permiso, me midieron la longitud del tórax, el perímetro del abdomen y la distancia del esternón al pubis. El más joven tomaba las medidas y repetía con voz monocorde:

—Setenta y cinco, ciento veintidós…

El otro anotaba escrupulosamente en una libretita de tapa azul, destilaba prolijidad. El tercero, un hombre viejo, me sonreía y me miraba con esa cara de vaca buena al otro lado del alambrado, como la que le ponen a los que se saben que están mal y no van a mejorar.

Yo me daba cuenta, pero no abrí la boca.

Era obvio que para ellos se trataba de un asunto rutinario. Pero no para mí. Al salir me despidieron con un débil adiós, que no traía esperanza, como cuando se desvanece la blanca espuma del mar.

Tuve mucho miedo. Más miedo que nunca.

Tendido boca arriba en esta cama de hospital, habito un tiempo eterno. Estuve vagando por un universo elástico, ese que es patrimonio exclusivo de los enfermos y de los viejos. Hasta que llegaste, sólo esperaba mi hora. Siempre había creído que cosas así le podían pasar a otro, pero no a mí… Justamente a mí. Vos sabés bien que toda la vida hice los deberes: trabajé día y noche, formé una familia como Dios manda. Hasta compré la casa de Bernal, ¿te acordás? El último Peugeot, con techo corredizo, me espera en el estacionamiento de la otra cuadra. Sí, el gris perla que tanto me costó.

Siempre con camisa Polo a rayas y pantalón claro pinzado, con mocasines marrones. Infaltable el Bremer sobre los hombros. Igual que vos, igual que todos. Sí, claro, en la oficina traje y corbata, excepto los viernes. ¿Viste que ahora los viernes dejan ir de sport?

Te digo que uno piensa que a uno no le va a pasar, pero le pasa.

Escuchame: no te la esperás. Creés que te vas a morir de viejo, que para eso falta una eternidad, que lo de las enfermedades es problema es de otro, por eso ni te importa. Pero a lo mejor, sin darte cuenta, te estás muriendo desde ahora. Ya no falta mucho, no falta nada. En un segundo cambia tu vida, tu mundo.

Mientras tanto vivís confundido. Te preocupas por llegar puntual al trabajo, consumís un noticiero tras otro, te peleás con tu mujer porque gasta mucho, hacés largas colas para pagar y haces colas más largas para cobrar. Como si fuera poco, te amargás por tu jefe, rezongás con tus hijos que no hacen la tarea, sufrís si compraste acciones o si sube el dólar. Te enloquecés con los que cortan las calles y tocás bocina en los peajes. Y en el supermercado buscas colesterol free.

Pero a lo mejor te estás muriendo, creéme. Hasta que no te pasa, no te das cuenta. Es un segundo, ¿quién te lo hubiese dicho? Ese maldito e incólume segundo en que se acaba tu falsa luna de miel con la realidad. Entonces te aparece un dolor que antes no tenías. O te encontrás un bultito cuando te enjabonás. Una mañana te levantás con menos fuerza y pensás que se te va a ir; pero no, resulta que eso llegó para quedarse y, aunque no puedas digerirlo, es el principio del fin.

A cualquiera le puede pasar. Yo me acosté perfecto y cuando me levanté y fui al baño el espejo me devolvió un yo todo amarillo. Ojo, el espejo estaba limpio, impecable. No, no te rías. Creéme que es así, no exagero en nada. Yo nunca supe lo que era un dolor. Sólo me puse amarillo, todo amarillo. De golpe.

Al principio pensás en ir al médico. Después te decís que eso que tenés se va a ir solo. Mágicamente, que como vino se va a ir. Pero resulta que no se va. Entonces lo consultas con tu amigo que te cuenta que a otro amigo le pasó lo mismo y le preguntas qué tomó, y tomás lo mismo. Pero eso no se va.

Se te ocurre pedir permiso y disculpas en el trabajo y te fijas en la cartilla de osde dónde atiende ese médico que te recomendaron. Y te dan un turno para dentro de un siglo y esperás una eternidad para te atienda. Y te revisa. Y aparece ese silencio sospechoso en el que él te mira y no te dice nada, en el que se genera esa expectativa incierta y sentís que por un instante estás en sus manos, que por primera vez no podés controlar la situación. Y esperás que te diga que no tenés nada, que con una pastilla enseguida te curás. Y mientras todo se demora, te vas lamentando por haber perdido tu precioso tiempo; vas pensando que si te apurás a tomar el subte, llegas antes de que finalice el horario de trabajo.

Pero no.

Resulta que el tipo ese, vestido de blanco, sigue con cara de póquer, y te mira sin hablar. Y te empieza a doler todo: la panza, la cabeza. Y se te ocurre que podría ser algo serio.

Mientras, el otro escribe un montón de recetas y órdenes de análisis y estudios y placas. Te los entrega y te explica lo inexplicable. Y vos no entendés o no querés entender de qué te está hablando. Y se te aflojan las piernas y te vas cayendo en un agujero cada vez más negro, profundo. Y también vas cayendo en la cuenta de que estás jodido, muy jodido. Y, por ahí, jodido para siempre. Y en una de esas ya nunca vas a poder ser feliz.

El médico te despide.

Vos te vas lleno de papelitos. De regreso a la efímera seguridad de la sala de espera, vas pasando de a uno esos papelitos. Y te das cuenta de que llevás la sentencia, despiadada, inapelable: junto a tu nombre, escrito a las apuradas, una orden de internación.

El principio del fin…

Mirás alrededor y todo se ve distinto. Los valores y las perspectivas cambiaron. ¿Sabés? Desde ese momento ya no te importan el palo de golf y el partido del sábado. Te da lo mismo si el jardinero no vino el viernes y el fin de semana el césped estará largo, o que los riegos no funcionen.

Suena el celular. No atendés porque tenés un nudo en la garganta y de golpe el mundo es otro o paró de girar. Y te volvés pequeño, indefenso.

Te dan ganas de llorar y pensás en tus viejos —¿Hace cuánto que no los ves?—. Te gustaría ser chiquito de vuelta y volver a la seguridad del abrazo materno.

Te desnudan y ponen una bata blancuzca, casi transparente, descartable. Tenés mucho frío pero no decís nada. Empezás a darte cuenta de que dejaste de pertenecer a vos mismo, para nunca jamás. ¿Entendés? Sí, perdés tu identidad. Y perdés tu dignidad también. Te acostás en la camilla que te indicaron, y te dejás llevar a la rastra —como un objeto— de un lado para el otro.

Lejos quedaron la camisa Polo y el Rolex. Ahora sos uno más: pasaste a pertenecer a ese submundo que nunca te importó. Claro, ¡qué te iba a importar! Vos estabas tan lejos de todo eso que le pasaba a otros, ¿te das cuenta? Y ahora sos vos el que cayó al abismo de los enfermos.

Después de incontables estudios, todavía no te acostumbraste: la camilla dura siempre te hace doler la espalda. Querés quejarte y no hay a quien quejarse.

Aunque… una vez —en la última resonancia— había alguien: dos enfermeras charlaban junto a la puerta. Te cuento que adelante mío, un tipo, cansado de gritar, empezó a aplaudir. Ni siquiera así lo advirtieron; nunca vino nadie, creéme. A veces me parece que lo enfermos nos volvemos invisibles. Estas ahí, desnudo y frágil, despojado de tus investiduras, en una cola de camillas ante la misteriosa puertaplomada de sala de rayos X.

Cuando por fin te llega el turno, te clavan agujas y tubos en todos los agujeros del cuerpo. Nadie te pregunta si te duele o si algo te molesta. Médicos, enfermeras y auxiliares, todos están apurados porque cambia el turno, y ellos tienen sus vidas allá afuera del hospital. Entonces te ponen boca abajo, boca arriba, de costado. Y vos sentís vergüenza de tu cuerpo desnudo, sobre todo de tus genitales que a la vista de esos extraños parecen estar de más, y no encontrás manera de cubrirlos.

Llega un momento en que lo único que se te ocurre es pedir clemencia. Pero no te sale, ni podés articular palabra con la sonda nasogástrica que te metieron por la nariz y que llega a tu estomago. Cuando lográs tragar saliva, sentís el gusto salado de tu propia sangre; la deglutís gota a gota. Te lastimaron. Parece de terror, ¿no? ¿Pensás que estoy dramatizando? Es así, te lo aseguro. Es una pesadilla, nadie lo cuenta. O si lo cuentan, ni lo oís: a la gente no le interesa por lo que pasan los enfermos. Las personas sanas están en la suya, en sus cosas. Total, lo que sucede en los hospitales es cosa de otros. Los de afuera están seguros de que a ellos no les va a pasar, nunca.

Y cuando ya estás entubado, sin previo aviso, se abre la boca de un túnel. Un túnel que, visto de afuera, te hace acordar a la cinta trasportadora del crematorio; eso que viste en alguna película, no sé. Y ahí vas vos, a meterte en un tubo hermético y frío. No podés moverte, apenas respirar. Hay un ruido ensordecedor que golpea sin parar, parece que te va a estallar la cabeza. Hasta que te sacan, por fin. Y si el suero se tapó, te canalizan otra vena y listo. Es en ese momento cuando descubrís que el dolor va a ser tu compañero fiel.

No puedo pensar en otra cosa, perdoname.

Acá estoy, ya me ves.

Ahora espero.

Espero la muerte de alguien. Y que ese alguien tenga un cuerpo parecido al mío. Compatible, le dicen. Que lo abran, espero. Que, antes de que acabe de agonizar, llegue un médico y dictamine que está muerto, aunque su hígado siga vivo. Y que ese hígado encaje en las medidas de mi tórax. Es lo único que espero.

Por eso ellos llegan al alba. Van y vienen. Miden y vuelven a medir. Tienen que asegurarse de no desperdiciar un órgano ¿sabés?

Y yo tengo miedo. Mucho miedo. Miedo de que no consigan el hígado. Miedo de morir en la espera.

Sí. Muchas veces pienso en cómo era antes. Me acuerdo de que vivía tan apurado… Tocaba hasta tres veces el botón ascensor. No podía perder un segundo.

Me creía inmortal: hablaba por teléfono mientras manejaba a toda velocidad por la banquina. Y escuchaba a todo volumen a los Guns. Me llevaba el mundo por delante.

Ahora todo cambió. Ahora tengo el tiempo del mundo. Ahora espero hasta que llegue el hígado, tarde lo que tarde. Ya no me importan los cortes de ruta ni el dólar ni el traje ni la corbata. Ni siquiera el partido del sábado.

Se me ocurre que la muerte es solitaria. Estás solo allá. Nadie te acompaña.

¿Que no piense en eso? Yo no soy tonto, me doy cuenta de que los parientes, los amigos, todos traen una sonrisita impostada. Vienen a despedirse. Me alientan. Me mienten de una manera tan obvia… Y no pueden sostener la farsa, por eso nadie se queda mucho.

¿Qué? ¿Ya te vas?

Por favor, quedate otro rato. No te vayas. ¿Podés? No me dejes solo. ¿Qué decís?¿Que todo esto lo escriba?


Escrito por Oscar Piolini

Trabajado en el taller literario de Claudia Cortalezzi

Adefesio (cuento), de Claudia Cortalezzi








"Adefesio" ganó el 2º premio Leopoldo Marechal en el año 1999. Editado en la antologóa Pasajeros en arcadia, editorial de Belgrano, año 2000; en revista virtual NM; y en Cinco mujeres y otra cosa, editorial La Letra Eme, 2014. 











1

Lala recordó su primera vez en el club, revivió cada detalle: llevaba el pelo suelto para disimular la cara de luna y acomodaba la cadera a cada paso; había ido con Rosa, su vecina.
Era sábado a la noche, la pista de baile repleta. Buscaron un rincón oscuro, lejos de la barra.
Aquel mediodía, después del trabajo en el kiosco, ella había elegido uno de sus dos pantalones y un suéter cualquiera; era viejo y tenía algunos remiendos en el codo, pero de noche todo pasaba inadvertido. Hasta ella misma. En otra época podría haber usado guantes, pero no a esa altura de su deformidad. Sería suficiente esconder las manos y usar zapatones para que no se le notara.


Rosa la había dejado sola, ahora bailaba como si la hubiera olvidado.
Lala espiaba a esa gente tan distinta a ella.
Todos se divertían. Ahí estaba su vecina: qué bien se movía. Algunos la conocen, pensó Lala; cuando entramos, el barman le tiró un beso, aunque no se veía nada. Se nota que Rosa viene siempre. Por suerte yo iba atrás y el tipo no me vio.
De golpe, un hombre se le había acercado tanto que ella debió apartar la cara para evitar que la tocase.
—Bailamos, nena —oyó.
Lala lo miró, casi cayéndose de la silla: el tipo tenía la cabeza empapada y olía como un bosque de pinos.
—No —contestó asustada—. Yo no bailo.
—Vamos, nena. No seas aburrida.
Él se tambaleaba y parecía que se le iba a derrumbar encima en cualquier momento. Estaba tan cerca que ella no podía verle la cara. Su pelo mojado le lamió las mejillas. Lala sintió ganas de vomitar.
—Dame un beso, nena —graznó aquel.
Ella miró para abajo, sin saber qué hacer. Entonces él le agarró la cara y abrió asquerosamente la boca, el alcohol del aliento reavivó su asco.
En ese momento, otro tipo arrancó al borracho de un brazo y se lo llevó.
Ella se achicó en la silla tanto como pudo y tomó aire.
Un rato después, Rosa volvió a la mesa. Lala se sintió feliz de que la noche terminara, de volver a su casa.
Pero Rosa dijo algo que no estaba en sus planes:
—Si no te molesta volver sola, yo me voy con él.
Lala no entendía de quién estaba hablando, hasta que lo vio saliendo de la sombra: era un muchacho hermoso, en toda su vida no había conocido un hombre como él. Odió a aquella traidora. Quiso pegarle, tirarla al piso y arrastrarla de los pelos hasta desfigurarla. Pero le dijo que estaba bien, que se fuera, que ella volvería sola.
Escuchó que su vecina lo llamaba Mario con voz melosa. Era increíble: recién se conocían y ya estaban abrazados. Los miró irse.
Ahora, la puerta del local parecía más lejos.
Salió a la calle.
Caminó con cautela. Se sentía observada, podía oír los pasos de alguien que la perseguía, acercándose. No miró hacia atrás.
Llegó a su casa y entró enseguida.
Su cuarto era un desastre, nadie querría dormir ahí con ella.
Miró la foto de la pared: tenía siete años y estaba con sus padres. Quién les iba a decir que estaban criando un fenómeno, una marioneta.
En el baño se paró frente al espejo, empapó la punta de la toalla y se restregó los párpados. Apretó bien el jabón contra los labios, el rojo se extendió por la cara y fue necesario más jabón. Los ojos le ardían de lágrimas. Metió las manos en el agua y se la echó en la cara compulsivamente. Abrió el botiquín, agarró la caja de lexotanil de su mamá, fue sacando las pastillas una por una, juntó un puñado y se las metió en la boca.  Agarró un vaso, lo llenó con agua y en el momento de tragar corrió al inodoro a escupir.
Se metió en la cama.
Mario ya no miraba a Rosa, ahora le daba la espalda. Atrás había un lago. Rosa gritaba, acababa de caerse al agua. Pero Mario no la oía. Solamente tenía ojos para ella, para Lala. Los gritos de Rosa se hacían más débiles.
El siguió mirándola como nadie lo había hecho antes. Se le acercó más, la acarició y le dijo:
—Te amo.


Todo el día pensó en el sueño. Imaginó cómo sería estar a solas con un hombre. Armó mentalmente la escena: tendría que ocurrir de noche y con la luz apagada.
Ella no podía esperar, necesitaba hacer algo. Se pintó las uñas y probó peinados, todos le parecieron ridículos.

2

Una noche, segura de que por fin llegado su hora, volvió al bar del club. Durante todo aquel mes, había ensayado a escondidas los pasos de baile y ahora estaba dispuesta a ponerlos en práctica.
Entró en el salón y fue directamente al mismo rincón en que había estado con Rosa.
Quería ir y preguntarle al barman qué podía pedir, qué tomaba toda esa gente. Pero no se atrevió: jamás se sentaría en la barra, sería exponerse demasiado.
Notó que el barman era otro muchacho. Tendría unos veinticinco años, usaba el pelo suelto sobre los hombros, parecía un modelo. Era un desperdicio que estuviera ahí. Mezclaba bebidas y las batía bailando.
De pronto, él miró hacia su mesa. Fue solo un momento, pero Lala se sintió muy extraña.
Cuando empezaron los lentos y las luces se atenuaron, se atrevió a levantarse. Fue a la barra caminando lo más erguida que pudo y se sentó.
—Un whisky —dijo.
Sabía que el barman la miraba, pero prefirió ignorarlo estratégicamente.
Lala bebía despacio, el ardor bajaba desde su boca. Cuando el vaso empezó a vaciarse, se sintió mareada. Pero igual siguió tomando.
Después de la tercera copa, caminó hasta el centro de la pista. Las luces de colores parecían estrellas y se creyó un pájaro. Los vio a todos, borrachos como ella, riéndose. Su cuerpo se había vuelto liviano, dócil.
Danzó en el aire, mezclada entre ellos. Era una más, pero todos formaron una ronda para mirarla. En medio del remolino le tocaban la cara, las manos, los pies. Le gritaban cosas.
Ella apenas entendía palabras sueltas mezcladas con la música.
Alguien le dio un vaso.
—Tenés que tomar aire —oyó que le decía— te vas a sentir mejor. Tomá un poco de agua.
Era una mujer. La llevaba de la mano y la acariciaba: primero los hombros, después el pelo.
—Soy Gloria —alcanzó a escuchar—. Vivo cerca, a cinco cuadras. Podés quedarte en casa hasta que te sientas mejor.
Lala no podía hablar. Le daba lo mismo. Tal vez aquella fuera la única persona capaz de comprenderla. Volvió a sentir sus caricias expertas, nunca la habían tocado así.
Y se dejó guiar por la desconocida.

3

Acostada boca arriba, abrió los ojos. No podía reconocer el lugar, dilucidar cómo y cuándo había llegado. La cama estaba mojada y había poca luz. La cabeza se le partía de dolor.
Apenas cubierta con una sábana, sintió que estaba desnuda. Se levantó de un salto y empezó a vestirse. Algo pegajoso y frío le corría desde la entrepierna.
Entró una mujer. Se acordó de su cara: era la tal Gloria.
Entonces volvió a ver las luces, el baile. Sintió de nuevo el sabor de la bebida. Revivió aquel olor dulce. Y el mareo. Y una mano, una silueta, una puerta que se cerraba. La misma puerta por la que ahora había entrado la mujer.
Recordó con vividez cada instante: el portazo, el grito, la oscuridad absoluta. Había pasado la noche con extraños.
Se vistió rápidamente.
No soportaba que la mujer viera sus piernas desnudas.
Gloria la miraba, pero sin repugnancia. Le dio la cartera y le dijo:
—Tenés que irte, piba.
La agarró de un brazo y la arrastró al patio. El reflejo del sol la encandiló. 
Aquella tipa la empujaba más rápido de lo que ella podía caminar. Lala buscó algo de qué agarrarse, temía caer. Entonces entrevió el patio, las puertas abiertas.
Y en la penumbra de una de las habitaciones, advirtió un bulto sobre un sillón. Algo le dijo que tenía que acercarse y mirar.
Una bolsa de huesos retorcidos, una cara imposible. Una sonrisa burlona, satisfecha. El hilo de baba hasta el piso.
Lala quiso gritar, pero no pudo. Retrocedió llevándose las manos a la boca.       
—Es mi hermano —dijo Gloria—. Lo hiciste el hombre más feliz del mundo.